09 junio 2011

Los cuatro valles de la existencia humana

Llegamos a la última nota de la sinfonía inspirada que hemos llamado “Los cuatro valles de la experiencia humana”, al último trazo en nuestra pintura retórica de las cuatro grandes actitudes humanas frente a Dios.

“La misericordia y la vedad se encontraron, la justicia y la paz se besaron”. Salmos 85:10

Una bruma densa cubría la ciudad convulsionada, una niebla espesa y fría se extendía sobre Jerusalén, el drama inexpiable del calvario había comenzado.

Quisiera que me acompañaras en espíritu, recorriendo en un instante el sendero de los siglos, hasta aquella tarde inolvidable que cambió para siempre la historia del mundo.

Atrás quedan las murallas de Jerusalén, las almenas del templo, la terraza de Pilato, las calles semidesiertas de la ciudad en las tinieblas. El camino se hace áspero, difícil, un viento cruel levanta la arena y azota con violencia, las piedras del sendero son toscas, cortantes.

De tanto en tanto una mancha de sangre nos orienta, por allí pasaron los tres condenados a la muerte romana, el camino da un recodo, la arena y el viento dificultan la visión, pero luego de un momento alcanzamos a percibir el Gólgota en todo su espanto.

En su cima tres cruces desafían las penumbras, en una está muriendo el Hijo amado de Dios, el príncipe de paz, el consejero fiel, el amigo inmutable, el Rey de reyes… el Cristo de Dios.

Un monte levantado que proyecta a sus cuatro lados, cuatro valles, cuatro valles que son los cuatro valles de la experiencia humana. Detrás de la cruz, a espaldas de Cristo: EL VALLE DE LAS SOMBRAS.

Allí No hay esperanza, no hay perdón, no hay vida, sólo hay sombras, sombras de miseria, sombras de soledad, sombras de hastío, sombra de dolor, sombras de pecado, sombras de muerte. A la izquierda de la cruz se proyecta el segundo valle: EL VALLE DE LA VISIÓN.

Desde allí puedes tener una visión incomparable, puedes ver el costado herido del Buen Pastor, el buen pastor que da su vida por las ovejas.
¡Qué visión inigualable, qué amor inexplicable, qué sacrificio sin par!

El corazón de quien nos amó hasta el fin sangrado en nuestro lugar, el creador del universo muriendo en sombras para darnos luz, sufriendo indescriptible agonía para abrirnos una senda de regreso a Dios.

Desde la derecha de la cruz, tú puedes ver un perfil mirando al cielo, es un rostro surcado por el vicio, esclavo de un pasado, condenados por los hombres, pero perdonado por Dios. No cabe duda de que lo estamos contemplando desde el: VALLE DE LA ESPERANZA.

Pues su perfil buscando más allá de las sombras su hogar eterno, es un cuadro sin palabras de lo que encierra y significa para el hombre la esperanza.

Finalmente, frente a la cruz, frente a Jesús, en toda la dimensión de su agonía, en toda la grandeza de su sacrificio se abre: EL VALLE DE LA DECISIÓN.

Los que le vieron morir nunca fueron los mismos después, un centurión romano se puso de rodillas, jamás se había hincado en su vida, pero frente a la gloria de una muerte inigualable cayó al pie del madero con los labios ardientes de confesión y fe.

Un discípulo regresó más hombre, pretejiendo con su brazo la dulce madre del Señor. Una muchedumbre descendió angustiada, azotada de remordimientos y atormentada de soledad. Ellos lo vieron morir y en el valle donde se encontraban hicieron su decisión.

Los siglos han corrido, las brumas de la historia han puesto un velo sobre la tragedia de aquella tarde inolvidable, pero la obra y trascendencia de la cruz permanece, proyectando sobre el mundo los cuatro Valles que rodearon el calvario, los cuatro valles de la experiencia humana, y en el hálito de las edades, desde el principio de la creación, llega el interrogante incontestado: “¿Dónde estas tú?”.

Para concluir quisiera cerrar nuestra meditación con una expresión inspiradora que los salmos han legado a la eternidad: “La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron”.

¡Qué pintura anticipada de la cruz! Sí, pues en la cruz estas cuatro dimensiones de Dios también se dieron cita. A espaldas de la cruz, la verdad de Dios, la verdad de todas las profecías, la verdad de las promesas, la verdad de un millón de esperanzas, es lo que desde el pasado sostiene la cruz de Cristo y la proyecta majestuosa e inalterable sobre la marcha de la humanidad.

A la izquierda de la cruz, en aquel costado ensangrentado, yo encuentro la justicia de Dios, la justicia de quien no perdonó a su propio Hijo para perdonarme a mí. A la derecha del calvario yo vislumbro la misericordia de Dios, misericordia que alcanzó un moribundo torturado de vacío y elevó su perfil a quebrar las tinieblas anticipando la eternidad.

Y, finalmente, frente a la cruz, más allá del drama del gólgota, la paz de Dios, la paz que el mundo no puede quitar jamás, la paz que sostiene en las tempestades la fe, la paz de saber que en la cruz Cristo pagó nuestra deuda y hoy vive para reinar sempiternamente en el santuario íntimo de nuestro creyente corazón.

Arturo James Hotton
http://www.sigueme.net/

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