24 abril 2013

Calor de hogar

En la casa de mi Padre muchas moradas hay; […] voy, pues, a preparar lugar para vosotros. —Juan 14:2

Una vez, mientras trabajaba como agente de recursos humanos en una empresa de construcción, aceptamos unos trabajos a dos horas de distancia, lo cual implicaba que los obreros tuvieran que viajar cuatro horas todos los días y, además, cumplir una jornada laboral completa. Para facilitar las cosas, hicimos reservas en un hotel durante la semana y contratamos vehículos y choferes para transportar a los que querían ir y volver diariamente. ¡Casi todos prefirieron el transporte diario!

Uno de nuestros obreros más rezongones cambió su habitual conducta al relatar la sorpresa y el entusiasmo de su esposa y sus cuatro hijos la primera noche que volvió. No les había dicho que existía esa posibilidad, y los sorprendió. Más tarde, la esposa llamó al dueño de la empresa para agradecerle y dijo que su familia sería «leal de por vida» con alguien que entiende la importancia del hogar para los trabajadores.

Todo aquel que no haya tenido una casa, aun por poco tiempo, comprenderá las consoladoras palabras de Jesús a sus discípulos cuando prometió que les aguardaba un hogar eterno en el cielo (Juan 14:2). Después, para que el gozo fuera completo, les dijo que iría a prepararlo, que los guiaría hasta ese lugar y que, además, Él estaría allí (v. 3).

Recuerda el consuelo más maravilloso de esta vida: Jesús prometió que un día iremos a casa a estar con Él.

Nada se compara con el hogar; en especial, si ese hogar es el cielo.