Solidaridad y compromiso

Hace unos pocos días, una importante ciudad de nuestro país sufrió la terrible tragedia de una tormenta que se cobró vidas y bienes en forma cuantiosa. La solidaridad no se hizo esperar. 

Desde distintos sitios del país comenzaron a salir camiones cargados con ropas, víveres, medicamentos, elementos de higiene personal, abundante agua envasada entre otras cosas; para ayudar a las víctimas del penoso evento de la naturaleza.

Y todo eso está muy bien. Es lo que corresponde hacer. Sin embargo, cada día, cada momento de nuestras vidas, hay personas más cerca de nosotros de lo que podemos notar necesitadas no solamente de nuestra solidaridad, sino también de nuestro compromiso.

Los mensajes que se emiten desde una estación de radio o TV llegan a la audiencia a través del éter transportados por pulsos electromagnéticos emitidos desde las antenas. Este es el medio de transporte de esos mensajes.

El sitio en donde vivo, es una zona árida de montaña. No obstante, los ingenieros supieron convertir el valle seco en un verdadero oasis fértil para cultivos y hábitat humano, trayendo el agua vital hacia valle directamente desde los ríos de deshielo de montaña por medio de canales. Las típicas “acequias” de la ciudad que tanto llaman la atención a turistas y visitantes, son pequeños canales que corren a ambas orillas de las calles, transportando agua de riego para la abundante arboleda de la ciudad. Justamente los canales son su medio de transporte.

En un idéntico sentido, como creyentes, el compromiso personal con Dios, con Su Obra y por lo tanto, también con el prójimo; es un poderoso canal capaz de transmitir infinidad de mensajes destinados a llegar al fondo del corazón.

Solidaridad es ser parte o hacerse parte, un todo sólido –solidario– con lo que le pasa al otro. Y esto implica COMPROMISO. Tiempo atrás recibí en mi teléfono móvil un saludo para fin de año y en la misma semana otro que decía “te extrañamos”. Pero eran mensajes de texto, no llamados de voz. No tienen nada de malo los mensajes de texto, pero un llamado de voz hubiera hecho otro efecto en mi necesitado corazón. No se me escapó el detalle de que el costo de la llamada era más caro y además implicaba involucrarse en la situación que pasaba en ese momento quien esto escribe. Hubiera sido capaz de llegar a fondo del corazón un “Hola, hermano ¿cómo estás? ¿necesitas algo? ¿cuándo puedo ir a verte?” cosas que por sí mismas ya implican un acto solidario y una para nada despreciable cuota de compromiso.

Hay gente muy comprometida en las Obras. Pero la apatía, la falta de compromiso con el prójimo, por lo tanto con Dios mismo, es una enfermedad que lentamente se está extendiendo entre el pueblo de Dios. De cada uno de nosotros depende que no sea así.

La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta:  Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones,  y guardarse sin mancha del mundo.
(Santiago 1:27 RV60) 
Luis Caccia Guerra