14 mayo 2013

Cautivos en Babilonia

“He aquí vienen días en que todo lo que está en tu casa, y todo lo que tus padres han atesorado hasta hoy, será llevado a Babilonia, sin quedar nada, dijo Jehová. Y de tus hijos que saldrán de ti, que habrás engendrado, tomarán, y serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia.” (II Reyes 20:17 y 18) fue la severa advertencia que profetizó Isaías ante el rey Ezequías. Cuatro capítulos más delante (cap. 24 y 25) la Escritura narra con crudeza cómo fue sitiada la ciudad, el pueblo con capacidad de servir y el oro, la plata y el bronce del Templo fueron deportados a Babilonia. Sólo los más pobres y de escasos recursos quedaron para que labrasen los viñedos. Estaba claro que todo esto era consecuencia directa del extravío del pueblo de Dios y su reiterada actitud de rebeldía y rechazo contra El. Sin embargo, en los cap. 35 y 40 del libro de Isaías podemos leer mensajes de consolación y de esperanza para un pueblo cautivo y abatido. Un pueblo que había sido severamente castigado por su maldad y rechazo, sí; pero que aún a pesar de esas circunstancias, Dios lo amaba entrañablemente.

No todas las situaciones son lo mismo; no todas las personas ni los casos tienen porqué ser así. Pero en el caso particular de quien esto escribe, no puedo menos que sentirme profundamente identificado con estas amargas circunstancias por las que pasaba el pueblo de Dios. Lo veo en mi propia vida, lo veo en las vidas de unos cuantos de mis amados hermanos. Puedo percibirlo, inclusive, en unas cuantas congregaciones que sutilmente se han apartado del camino y de la Palabra.

A veces, mientras en lo profundo del corazón abrigamos la falsa esperanza de que Dios nos va a proteger y que de tal o cual situación vamos a salir airosos e ilesos; contrariamente a lo que era de esperarse, somos entregados en manos de quien nos hace literalmente la vida imposible, los negocios se caen, la salud se quebranta, las finanzas tambalean, la familia se resquebraja, las arenas del desierto espiritual queman.

Y no es que el otro, o las circunstancias tengan más poder sobre nosotros, ni mérito alguno; sino que tal vez sea el momento de pensar seriamente en que el Todopoderoso en su gran amor por nosotros, ha permitido que seamos deportados a Babilonia.

Hoy llegan muchas personas a nuestras iglesias, que aún no se han dado cuenta de que permanecen cautivas en Babilonia. Cuando una persona llega a una iglesia, es porque tiene necesidades espirituales. Cuando se va de esa iglesia, lo hace exactamente por las mismas razones que por las que vino: porque tiene necesidades espirituales. Toda vez que acercarse a una iglesia no es lo mismo que acercarse a Dios. Van de la mano una con la otra, pero no significan, ni son lo mismo. Se puede permanecer años en una congregación, e inclusive tener “un nombre de renombre” dentro de ella, pero el corazón permanecer completamente lejos y apartado de Dios.

¿Quién podrá entender sus propios errores?
Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias;
Que no se enseñoreen de mí;
Entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión. Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti,
Oh Jehová, roca mía, y redentor mío.
(Salmos 19:12-14 RV60)
Luis Caccia Guerra