Trato tierno

El conocimiento que posee Jesús de nuestra condición lo mueve a compasión

Puede tratar con paciencia a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está sujeto a las debilidades humanas. —Hebreos 5:2

No quisiera alejarme aún de la inmensa ventaja que representa para nosotros contar con un Gran Sumo Sacerdote, Cristo Jesús, que trascendió los cielos.

El autor de Hebreos escoge la palabra metriopatheo para describir la clase de trato que podemos esperar de este Sacerdote. El término español que mejor capta el sentido es la palabra compasión, pero existe mucha confusión acerca de su significado. La compasión no es un sentimiento de lástima, la momentánea incomodidad que experimentamos frente a la angustia del prójimo. La compasión es la capacidad de experimentar ese dolor como si fuera uno mismo el que lo está padeciendo.

Al afirmar que el Sumo Sacerdote puede obrar con compasión nos está diciendo que se nos acerca con paciencia, ternura, bondad, amabilidad, suavidad, comprensión. La lista ofrece un marcado contraste con la actitud dura e indiferente con la que nos encontramos en algunos contextos de la iglesia. La misma desconcierta cuando recordamos que el amor de Dios es el tema principal de nuestras conversaciones y el motivo central de nuestras celebraciones. De alguna manera, sin embargo, este amor no ha logrado traducirse en una postura de dulzura hacia el prójimo.
Jesús se nos acerca con paciencia, ternura, bondad, amabilidad, suavidad y comprensión.
La característica que distingue a nuestro Sumo Sacerdote es precisamente esta compasión, en especial hacia los ignorantes y los extraviados. Estas dos categorías de personas son los principales beneficiarios de su bondad. El primer grupo se refiere a los que están errados en su perspectiva pero sufren esta singular debilidad: no saben que están errados. Tal como los miembros de la iglesia de Laodicea, están convencidos de que están muy bien, cuando en realidad están muy mal. No poseen el conocimiento espiritual para entender el error de sus caminos, y por eso se aferran a ellos con gran seguridad. El segundo grupo son los que deambulan de un lado hacia otro sin un rumbo certero. No poseen ninguna dirección específica en la vida. Son aquellos que, tal como describiera el apóstol Pablo, son arrastrados de un lado al otro por cualquier viento de doctrina. Se suben a cada moda nueva, sin la mínima capacidad de discernir si realmente procede de Dios el movimiento en el cual se involucran.

El Sumo Sacerdote obra con ternura hacia estos dos grupos, aunque son las personas que más fastidio pueden producirnos. Su ternura es producto del hecho de que él ha experimentado, en su propia carne, la misma desorientación y falta de claridad que afecta la existencia de todo ser humano. No olvida esa experiencia. Lo que le ha salvado no ha sido tener un conocimiento completo y acabado de todas las cosas, sino cultivar una dependencia absoluta y total del Padre. Esta subordinación, en todos los planos de la vida, lo salvó del extravío que ahora intenta evitar el autor de Hebreos en sus lectores.
Christopher Shaw