Agua estancada

En el estado donde vivo, los ingenieros durante los últimos dos siglos lograron convertir una zona árida de desierto montañoso en un verdadero oasis de vida. Si hay algo que llama poderosamente la atención a visitantes y turistas de diversas partes del mundo, son las “acequias” o “cunetas” que corren a ambos lados de las calles en plena ciudad. Son pequeños canales que llevan el agua de riego proveniente de diques y reservorios para la abundante arboleda de la ciudad. También cumplen la función de escurrir rápidamente el agua de las calles cuando llueve, cosa que ocurre pocas veces en el año.

Esta ingeniosa manera de transportar y aprovechar el agua de deshielo proveniente de los ríos de montaña, sumada a otras complejas obras son los medios de aprovisionamiento de agua para la ciudad y sus habitantes. Es lo que hace que una zona árida y desértica se transforme en un frondoso oasis.

Pero el agua de riego es buena mientras fluye. Se pudre, hiede, cuando permanece estancada cierto tiempo. A veces, la acumulación de basura se convierte en pequeños diques y hace que el agua se estanque durante un cierto tiempo, que no fluya libremente y es cuando comienzan los problemas. Hojas, polvo, barro y la presencia de materia orgánica en suspensión forman un caldo de cultivo cuyo hedor es realmente insoportable, por lo cual estos canales deben ser sometidos a frecuentes y periódicas tareas de limpieza y mantenimiento.

En algún sentido, esto es muy similar a lo que nos ocurre a nosotros como cristianos. Nuestra vida heredada de nuestro padre natural Adán, de por sí misma, es árida, fría, desértica como los valles de las altas montañas. Siempre necesita que el Agua de Vida fluya libremente en nuestro ser, para ser el oasis de vida en medio de este mundo oscuro y corrupto.

Un gran tapón casi siempre comienza con un pequeño objeto que por alguna razón se detiene, logra anclarse en el medio de la corriente y el agua aunque sigue corriendo raudamente, ya no fluye con todo su caudal. Ya hay una merma, que por pequeña que sea es una merma. Más tarde otro objeto se traba con el anterior y así sucesivamente se van acumulando hasta formar un pequeño dique de hojarasca, papel, basura, y objetos descartables varios que terminan taponando el canal y el agua se estanca.

Esas “licencias” que a menudo solemos tomarnos, esas situaciones que tal vez sean lícitas pero a todas luces no convienen ni edifican, eventos y relaciones que no fueron atendidas debidamente en su momento, son parte considerable de esos objetos que van menguando la corriente de la necesaria Agua de Vida para nuestro espíritu.

En lo personal, descubro que hay cosas con las que tiendo a empantanarme solo. Una situación que no supe resolver; un desafío que por más fe que tenga, no sé como enfrentar; un problema cuya solución desconozco, pensamientos y recuerdos negativos, desánimo y esas “licencias” espirituales que no edifican; son buena parte de mis objetos que obstruyen. Alguien dijo que si uno no sabe cómo enfrentar el mundo, termina aislándose de él. Y así sucedió con mi vida. Una cosa fue trayendo a otra. Un pequeño objeto sin resolver fue quedándose atascado y a su vez haciendo que otros más se fueran quedando trabados en el camino y lentamente ralentizando el libre fluir de mi agua de vida. Finalmente estaba estancado, desanimado, aislado, disociado del mundo que me rodea y literalmente paralizado de miedo sin atinar a hacer absolutamente nada con ello.

Estancado, hundido en una montaña de basura en descomposición y lejos de Dios. El agua estancada hiede, enferma y mata. El agua que fluye es Agua de Vida.

Por ello es necesario que con sinceridad de espíritu e imparcialidad, cada día estemos aprendiendo a examinar nuestra conciencia delante de Dios y nos sometamos a esa limpieza que sólo El puede realizar.

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos;” (Salmos 139:23 RV60)

“…mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Juan 4:14 RV60)