15 junio 2013

Esperando todo y contentandome siempre

“He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11b)

No estoy seguro de por qué algunos se empeñan en predicar un evangelio paradisiaco, triunfalista, ausente de penalidades y vicisitudes. No hay que tener un Doctorado en Divinidad para darse cuenta de que la aflicción, el fracaso y las penurias de esta humanidad caída repercuten en cada individuo, sea éste creyente o no. Los cristianos se enferman como cualquier otra persona, tienen sinsabores, desventuras y se mueren como cualquier otro ser humano. Eche un vistazo a su alrededor y dígame qué ve.

Algunos se han propuesto vendernos un paraíso anticipado, fantasioso. “¡Cree y todo estará bien!”, exclaman con peculiar acento. Como si la fe pudiera ir por encima de lo que la Biblia dice y ella es clara cuando sentencia: “En el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33a). ¿Qué Biblia están leyendo que no se han enterado de lo que ella en realidad dice? La Palabra de Dios está más al día que el periódico de esta mañana. Todo lo que necesitamos saber para la vida y práctica cristiana se encuentra en sus páginas.

Soy pastor, estoy con frecuencia con moribundos, con hijos resentidos, con mujeres maltratadas, con esposos frustrados, con adolescentes depresivos. No son miembros de una pandilla de delincuentes, están en nuestras congregaciones, estudian con nuestros hijos en la misma escuela dominical, cantan canciones en las que creen, y aman a Jesús. ¿Qué respuesta debo darle al dolor que sienten? Es inmoral decirle que todo se va a resolver con un chasquido de dedos. No puedo asegurarle al moribundo que Dios lo sanará. No puedo decirle a la esposa que su cónyuge abusivo se convertirá, como si se tratara de un abracadabra. No puedo decirle al esposo que todo estará solucionado para el día siguiente, y no puedo evitar que el adolescente pase por esa época de crisis existencialista. Entonces, ¿qué puedo hacer? Puedo decir, sencillamente, la verdad.

La iglesia ha de tener su mirada en la eternidad. En aquello que Dios ha prometido verdaderamente. Eso no quiere decir que no esperamos lo sobrenatural y lo milagroso para cada revés de la vida, pero debemos tener una fe ambidiestra. Una fe viva para recibir lo bueno o lo malo. No usemos sucedáneos. No propaguemos las enseñanzas de error de los desapercibidos maestros postmodernos del éxito. “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:2).

La fe que profesamos es una fe que no se conforma, pero que se sabe contentar cualquiera que sea la situación. Batallaremos en oración, persistiremos con vehemencia, avanzaremos con optimismo, pero si algo no cambiara, si algo se quedare caprichosamente inmutable ante nuestro deseo y esfuerzo, ello no mudará nuestra opinión de Dios. Seguiremos esperando aunque no recibamos. Seguiremos trabajando aunque no consigamos aquello que idealmente deseamos. De eso se trata, porque si dejamos de luchar, de pelear, entonces ya hemos muerto. Haremos todo esto con confianza en la soberanía de nuestro Dios. Él puede si quiere, pero tanto su querer o su no querer, es por mi bien. Mantendré mi fe viva en lo que Dios es, sin importar aquello que pueda o no recibir. Esa fue la actitud heroica de los tres jóvenes hebreos: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (Daniel 3.17,18 énfasis del autor).

Debemos ser luchadores natos, atletas de la vida que continúen ejercitándose para ganar aunque no ganen. Lo tenemos que hacer porque no sabemos lo que va a ocurrir hasta que ocurra. Oraré por sanidad hasta que la persona sane, o definitivamente no sane. Aconsejaré a un matrimonio hasta que se restaure, o se pierda la relación definitivamente. Planearé mi día aunque, quizás, no llegue a ver el desenlace de éste. Intentaré vivir así. Lleno de fe, esperando lo mejor, pero preparado para lo peor. Con esperanzas, pero sabedor de que son solo eso. “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”, dijo Santiago (Santiago 4:15). No se trata de nosotros, de nuestro querer meramente, Dios es quien tiene la última palabra.

Todo lo concerniente a esta vida es un misterio. No sabemos qué pasará en el minuto siguiente, pero podemos decidir qué haremos en este instante de vida. Seguiremos creyendo porque “el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17). No hay otra manera, no queremos una opción B. Sin embargo, no necesitamos que nos prometan cosas que probablemente no sucederán. No queremos que nos vendan un evangelio para cobardes. La vida es dura, el mundo va de mal en peor, pero Jesús ha dicho “confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33b). De lo que no me queda duda es de mi destino eterno. Allí no lloraré más, no tendré que vivir por fe, no lidiaré con lo probable o improbable. Estaré con Jesús y lo pasado ya no importará más. En tanto ese día llega, viviré esperándolo todo y contentándome cualquiera que sea mi situación.
Osmany Cruz Ferrer