Gafas de sol

Días atrás, noté en mis gafas de sol como un pequeño y molesto pelito de escasos dos o tres milímetros de largo. Cuando examiné detenidamente el cristal con la intención de extraer el pelillo, descubrí que en realidad se trataba de una trizadura. Con el transcurrir de los días y del uso, la pequeña e imperceptible rotura fue extendiendo su longitud hasta que un día fui a extraer los anteojos de su estuche para ponérmelos y el cristal ya se había espontáneamente partido en dos. El técnico dijo que por el tipo de diseño y armado del marco no se podía extraer el cristal para reemplazarlo.

¡Qué pena! ¡Amaba esas gafas! ¡Y cómo las necesitaba! De modo que no hubo más remedio que dejar esos anteojos que me habían acompañado poco menos de quince años y adquirir unos nuevos.

Estrenar las gafas de sol nuevas, me hizo recordar la primera vez que usé lentes para sol. Era un niño de unos once, tal vez doce años cuando usé gafas de sol por primera vez. Me las había traído mi padre. Algún pasajero las había dejado olvidadas en el asiento trasero de su taxi y él las encontró al término de la jornada cuando limpiaba el auto. Eran un poco grandes para mi pequeña cabeza, pero la experiencia de usarlas era particularmente interesante. Recuerdo que lo que primero y más me llamó la atención era el tinte verdoso, el del color de los cristales; con que se veían las cosas.

Esto me hizo pensar que en realidad, todos tenemos aunque no se vean, gafas de distintos colores permanentemente puestas, pero en los ojos del alma.

Y cada uno de nosotros ve las cosas de acuerdo al tinte de los anteojos que lleva puestos. Tal y cual como ocurre con las gafas de sol. Algunas de ellas mejoran notablemente la visión con filtros UV, antirreflejo y polarizado, entre otras características, dependiendo de la calidad, tratamiento y valor de los cristales. Pero otras, definitivamente es mejor no usarlas. Es más el daño que hacen a la visión, que lo bueno que pudieran aportar.

Hay gente mala dando vueltas. Bien es cierto que hasta el cristiano más bueno y devoto de todos puede ser blanco de las elucubraciones y estratagemas del malo. Por algo el Señor nos exhorta a ser precavidos cuando nos dice que debemos ser “astutos como la serpiente, sencillos como palomas” (Mateo 10:16). Pero hay quienes que, a contramano de todo, creen que aún el cristiano más bueno y devoto está dispuesto a no dejar pasar la oportunidad de ocasionarles un perjuicio. En pocas palabras… creen que todo el mundo es igual que ellos. Están viendo las cosas del color del filtro que tienen puesto.

Pero estos son casos más extremistas. Los hay mucho más sutiles. Muchas veces, en lo personal he perdido o dejado pasar bendiciones sin hallarles el provecho, convencido de que “no voy a poder” o de que “esto es demasiado grande para ser para mí”. Esto también se lo debo a las gafas que llevo puestas.

Anduve un par de semanas recorriendo distintas tiendas de óptica buscando un equilibrio razonable entre diseño, características, precio y calidad para mis nuevos lentes de sol. Hasta que encontré los que mejor me acomodaban, tanto para mis ojos como para mi bolsillo.

Finalmente, me puse las que a mi modo de ver, mejor me sentaban. Con las del alma sucede algo bastante parecido. A lo largo de nuestra vida vamos probando hasta que por fin nos ponemos las que mejor nos vienen.

Para saber si las gafas de sol nos gustan y si nos quedan bien es fundamental el espejo. Una manera de comenzar a averiguar de qué tinte son los filtros que llevamos puestos en el alma, es aprender a oírnos a nosotros mismos, toda vez que las declaraciones que hacemos de los demás, en una inmensa mayoría de las veces revelan mucho más de nosotros mismos que de quienes estamos hablando.

Muéstrame, oh Jehová, tus caminos;
Enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad, y enséñame,
Porque tú eres el Dios de mi salvación;
En ti he esperado todo el día.
(Salmos 25:4-5 RV60)
Luis Caccia Guerra