01 julio 2013

Llenos de la gloria de Dios

“¿Cómo puedo ser lleno de la gloria de Dios?” Muchos en el Antiguo Testamento hicieron dicha pregunta y aun Moisés tuvo este clamor. La versión “King James” (en inglés) muestra la angustia de Moisés con mayor claridad: “Te ruego que me muestres tu gloria”. Este “ruego” implica una súplica, un gemir dentro del alma, una expresión de necesidad que simplemente debe ser saciada.

A Dios le debe de haber agradado la petición de Moisés, porque Él aceptó revelarle Su gloria. Le instruyó a Moisés a ocultarse detrás de una roca y asomarse brevemente mientras Él pasaba, pues Él sabía que ni siquiera Moisés podría soportar el brillo de Su gloria. Así que Moisés contempló un rayo de la gloria de Dios, sin embargo dicho rayo de gloria le impactó poderosamente.

A la mayoría de nosotros se nos ha enseñado que después de que Moisés descendió, éste tuvo que ponerse un velo sobre su rostro debido a su brillo excesivo. Sin embargo, la Escritura literalmente dice: “Y cuando acabó Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro” (Éxodo 34:33). Fue después de terminar de hablar con el pueblo que Moisés cubrió su rostro. ¿De qué se trata esto?

Pablo lo explica en Segunda de Corintios: “Moisés… ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido” (2 Corintios 3:13). La osada declaración de Pablo de que una forma de la gloria de Dios tendría un final se refería a la gloria en el rostro de Moisés. Incluso la brillante gloria de la presencia de Dios eventualmente se opacaría.

Aun así, Pablo dice que existe un tipo de gloria de Dios que nunca se opaca. “Porque si lo que perece tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece” (3:11). Acá, Pablo se refiere a la gloria de Dios personificada sólo en Jesucristo. “Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza; y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro” (3:12-13). A causa de la gloria de Cristo, se nos ha dado una osadía tal ¡que ni el mismo Moisés recibió! Pablo explica: “Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (3:16-18).

En Cristo, tenemos dentro de nosotros una gloria que no se apaga. Nuestra confianza excede aun a la de Moisés, debido a que proviene del Espíritu de Cristo mismo. La gloria del Señor estaba en él a causa del tiempo que pasaba en la presencia del Señor, pero es diferente para nosotros. A causa de Jesús, la gloria de Dios en nosotros nunca deja de operar. Nos transforma continuamente “de gloria en gloria”. ¡Tenemos una gloria que no pasa, no cambia y no se opaca!
Gary Wilkerson