21 julio 2013

Mírame bien

A un niño de seis años, gravemente quemado en una pierna, le iban a hacer un injerto de piel con anestesia local. Antes de operarlo, el cirujano le dijo: «Has mirado bien la quemadura; ahora es a mí a quien vas a mirar hasta el final de la operación».

Hay personas que saben ocuparse sólo de sí mismas, a veces culpabilizándose hasta enfermarse. Por lo tanto, sigamos el consejo del cirujano: identifiquemos bien nuestro estado moral, nuestras heridas, pero a continuación fijemos los ojos en Jesús, el gran Médico, y no apartemos la vista de él. Es mejor mirar el remedio que la llaga.

Constatemos nuestro estado pecaminoso ante Dios y luego dirijamos nuestra mirada hacia el Calvario. Allí, en la cruz, Jesús sufrió en nuestro lugar.

Durante la travesía por el desierto, los hebreos se rebelaron y Dios les envió serpientes cuya mordedura era mortal. Moisés, obedeciendo a la Palabra de Dios, hizo una serpiente de metal y la colocó sobre una estaca en medio del campo. Los que eran mordidos sólo tenían que mirar a esa serpiente para ser curados. Tomando este ejemplo, el Señor Jesús dijo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14-15). Sí, mire a Jesús en la cruz para ser salvo, y así tendrá la seguridad de pasar la eternidad con su Salvador en la gloria.

Puestos los ojos en Jesús,
el autor y consumador de la fe,
el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz,
menospreciando el oprobio,
y se sentó a la diestra del trono de Dios.
Hebreos 12:2.
Tux