30 julio 2013

Pasa la sal

A muchos De nosotros se nos hace difícil creer en las palabras de Jesús cuando dijo: «Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» (Mateo 16:25). Es difícil para nosotros ver cómo podría ser eso cierto.

Puede que tengamos un sentimiento acuciante de que si verdaderamente nos comprometemos con Jesús, nuestra personalidad desaparecerá y la persona que somos dejará de existir. Puede que temamos que se nos ponga dentro de algún tipo de moledora de carne cósmica religiosa y se nos convierta en hamburguesa espiritual sin que quede rastro alguno de nuestra persona. Puede que parezca que se espera que los seguidores de Jesús rindan sus personalidades y adopten la conformidad, al mismo tiempo que abandonan la originalidad.

Puede que C. S. Lewis, el célebre autor británico, haya temido lo mismo cuando se alejó de Dios cuando joven. Durante años se consideró a sí mismo un ateo y se negó a dejar que Dios «interfiriera» en sus planes. Pero luego de que Lewis se hiciera cristiano a la edad de 32 años, comenzó a ver las cosas de manera diferente.

En su libro, Mere Christianity (Mero Cristianismo), Lewis comparó el resultado de tener a Jesús en nuestras vidas con tener sal en la comida. «En vez de acabar con el sabor del huevo . . . y del repollo», dijo, «de hecho, lo resalta. Éstos no muestran su verdadero sabor sino hasta que se les haya añadido la sal.»

«Algo así es con Cristo y nosotros. Cuanto más quitemos del camino lo que llamamos ‘nosotros mismos’ y dejemos que Él tome el control de nosotros, tanto más verdaderamente llegamos a ser nosotros mismos. En ese sentido, nuestro verdadero yo está esperando por nosotros en Él.»

«Tu verdadero y nuevo yo (el cual es de Cristo y también tuyo, y tuyo simplemente porque es de Él) no emergerá en tanto lo estés buscando. Emergerá cuando lo estés buscando a Él.» Sálvalo —piérdelo. Piérdelo— encuéntralo. Sólo Dios podría hacer funcionar algo así.
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