28 febrero 2015

Hoy elevo mi rostro a ti, Señor

A veces los fantasmas del remordimiento y la culpa se hacen presentes sin ser llamados ni invitados. Otras, el espíritu de orfandad entra en escena sin importar si estoy rodeado de una multitud de personas.

Y es que muchas veces entro en convicción de pecado y es cuando el Espíritu habla a mi alma adormecida, la saca de su aparente zona de confort y la pone a caminar. Es cuando caigo en la cuenta de lo mucho que estoy apartado de mi Señor y Dios, cuando lo que yo creía tan sólo “una pequeña licencia”, un sendero de rosas y placer, resulta ser en mi pobre humanidad, un camino sin retorno.



Es entonces, cuando caigo rendido ante el Altísimo sin más alternativa que enfrentar mi propio pecado con sus devastadoras consecuencias y rogar con tristeza y dolor su perdón.

En este contexto, hoy elevo mi rostro ante ti, Señor. Nada tengo para elevar delante de tu presencia, sino en sacrificio santo, agradable a Dios, tan sólo lo que soy (Romanos 12:1). Y es que con frecuencia, transcurrimos la vida luchando con Dios, pero en cambio nos hallamos desplomándonos una y otra vez en los amorosos brazos de su Gracia y Misericordia en busca de alivio a nuestro dolor.

¿Cómo no he de elevar hoy mi rostro ante ti, Señor, con gratitud? ¡Sí! ¡Con gratitud! ¡Aún por esos profundos valles de lágrimas que este año me tocó enfrentar! Gratitud aún por aquella pesada cruz que tuve que arrastrar, porque en medio de la confusión, de tanta apatía e indiferencia, no permitiste que me faltara un Simón de Cirene (Mateo 27:32) para ayudarme a cargar esa cruz. Y es que aún en medio de la crisis tuviste a bien guiarme para alcanzar a otros con una palabra de consuelo y esperanza.  Y es que de los valles más profundos, es de donde hiciste emerger  lo mejor de tu siervo.

“Ya libre soy, Dios me salvó
Y mis cadenas, ya El rompió
Y como un río, fluye el perdón
Sublime Gracia, inmenso amor.”

Expresa una bellísima canción. Hoy puedo sentirlo, hoy puedo percibirlo, hoy puedo disfrutarlo.

Hijitos míos,  estas cosas os escribo para que no pequéis;  y si alguno hubiere pecado,  abogado tenemos para con el Padre,  a Jesucristo el justo. (1 Juan 2:1 RV60)
Luis Caccia Guerra