14 marzo 2015

El cruzador de abismos

“Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión” (Hebreos 4:14)

Nick Wallenda tiene, hasta el momento de escribir este artículo, seis records Guinness. Fue precoz aventurero, pues solo tenía 4 años cuando comenzó a caminar por la cuerda floja.  Nick constituye la séptima generación de acróbatas de una familia cuya tradición es sinónimo de peligro. Fue el primer hombre en cruzar el Niágara sobre una cuerda floja. A una altura de 457 metros y con una cuerda de tan solo 5 centímetros de grosor, hizo que el apellido Wallenda siguiera en las páginas de los diarios del mundo en el año 2012.



Pero esa no fue su última hazaña. Hace unos días, Nick cruzó un nuevo abismo, uno de los más intimidantes del mundo. El 23 de junio de 2013 Nick Wallenda cruzó el Gran Cañón en solo 22 minutos y 54 segundos. Sin ningún tipo de seguridad o arnés protector, logró un nuevo record mundial. Desafió los fuertes vientos de hasta 80 kilómetros por hora que soplan en el Gran Cañón y caminó con firmeza un cuarto de milla de distancia a una altura de 1500 pies de  altura. El mundo entero le aplaudió.

No puedo negar que estoy impresionado con el coraje de un hombre capaz de enfrentar sus miedos y sortear peligros tan grandes. Nick Wallenda me inspira y a la vez me recuerda a alguien mucho más osado y despampanantemente extraordinario. Uno que cruzó el abismo más temible, y arriesgó todo sin motivos egoístas. La distancia que cruzó no se mide en kilómetros, ni siquiera en años luz. Jesús, el Hijo de Dios, cruzó el infinito abismo desde el tercer cielo hasta la tierra. No quería batir un record y mucho menos buscar aplausos, o la admiración fluctuante de un mundo olvidadizo. Jesús cruzó el infinito universo para salvarnos y llevarnos de vuelta con él.

Despojado voluntariamente de su gloria, Jesús caminó sobre la delgada cuerda de la voluntad de Dios sin mirar atrás. Al principio de la cuerda, el cielo, al final de la misma, la cruz. Tal proeza me asombra hasta sobrecogerme y conducirme a una continua contemplación de su grandeza. Desde el crujir de la fruta en Edén fue su salida. Solo un amor inmensurable podía moverlo a tan misericordiosa proeza. Jesús sabía que sortearía el peligroso abismo, su amor era la pértiga que le hacía mantener el equilibrio. En una competición humana moderna, el mundo lo hubiera aplaudido, pero en su caso, el mundo lo mataría. Lo más sorprendente de todo es que él ya lo sabía.

Nick Wallenda me inspira, pero Jesús me fascina, me seduce, me enamora. Lo arriesgó todo por mí, se puso en peligro a sabiendas del alto precio que debía pagar. Cruzó el oscuro abismo del pecado para darme salvación. Yo también estaba del otro lado de la cuerda. Estaba junto a los demás que le vociferaban atrocidades y despreciaban su hazaña altruista y salvadora. Pero cambié cuando sin importar mi historia de rebeldía y vanidad, me extendió una oportunidad de cambiar, de tener una nueva vida. El cruzó el abismo para llenar mis vacíos, y librarme de mis miserias, de mis angustias.

Contempla conmigo esa cuerda extraña en forma de cruz, que hizo que el cielo no fuera tan lejano y que la tierra no fuera tan pequeña. Observa a Jesús sonriente, ofreciendo su victoria como tuya y mía. Todos no lo aplauden, todos no han llegado a entender lo que él hizo. Prescindió de la fanfarrea de reporteros amarillistas, y evitó la publicidad engañosa acerca de su venida. No obstante a ello, los ángeles se inclinaron para ver a Dios hecho hombre camino al calvario. Hoy, dos mil años después, la hazaña de Jesús sigue siendo insuperable y lo será para la eternidad. Hoy, dos milenios después, son cada vez más personas las que descubren que lo que hizo Jesús, es el acto de acrobacia más extraordinario de la historia. Dios en forma humana atravesó  el abismo del pecado sobre una cuerda en forma de cruz.  Lo siento Nick, pero ese record, solo lo tendrá Jesús.
Osmany Cruz Ferrer