Entre Judas y Pedro

Pedro estaba sentado fuera en el patio;  y se le acercó una criada,  diciendo:  Tú también estabas con Jesús el galileo. Mas él negó delante de todos,  diciendo:  No sé lo que dices. Saliendo él a la puerta,  le vio otra,  y dijo a los que estaban allí:  También éste estaba con Jesús el nazareno. Pero él negó otra vez con juramento:  No conozco al hombre. Un poco después,  acercándose los que por allí estaban,  dijeron a Pedro:  Verdaderamente también tú eres de ellos,  porque aun tu manera de hablar te descubre. Entonces él comenzó a maldecir,  y a jurar:  No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús,  que le había dicho:  Antes que cante el gallo,  me negarás tres veces.  Y saliendo fuera,  lloró amargamente. (Mateo 26:69-75 RV60)



Mientras todavía hablaba,  vino Judas,  uno de los doce,  y con él mucha gente con espadas y palos,  de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal,  diciendo:  Al que yo besare,  ése es;  prendedle. Y en seguida se acercó a Jesús y dijo:  ¡Salve,  Maestro!  Y le besó. Y Jesús le dijo:  Amigo,  ¿a qué vienes?  Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús,  y le prendieron. (Mateo 26:47-50 RV60)

Entonces Judas,  el que le había entregado,  viendo que era condenado,  devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo:  Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron:  ¿Qué nos importa a nosotros?  ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo,  salió,  y fue y se ahorcó. (Mateo 27:3-5 RV60)

En estos pasajes vemos a dos hombres completamente perdidos. Ambos habían traicionado a Jesús. Pedro le negó… no una, ni dos… ¡tres veces en una misma noche había traicionado a su Maestro negándole rotundamente! Judas, por su parte, también había incurrido en un terrible acto de traición, “Al que yo besare,  ése es;  prendedle” era la consigna acordada con los que habían puesto precio a la cabeza de Jesús. Una larga y amarga noche para ambos hombres, que a pesar de su terrible error ¡aún continuaban siendo hijos de Dios! Perdidos, pero hijos de Dios.

Pedro, en medio de su desesperación no perdió de vista su dignidad de hijo, volvió y la reclamó con lágrimas de dolor. Había elegido la vida.

El otro no pudo con que a pesar de lo que había hecho aún seguía siendo hijo de Dios y se entregó a la muerte.

Hoy, a poco más de dos mil años de aquella oscura y dolorosa noche, aún veo acontecer esto mismo todo el tiempo delante de mí. Son pocos los momentos del día en que puedo estar elevado, en la presencia y en dulce comunión con el Altísimo. Continuamente esos momentos felices con Dios se tiñen, se contaminan con la oscuridad de mis pensamientos, sentimientos, pasiones y deseos de hombre bajo la naturaleza corrupta heredada de nuestro padre Adán. Una y otra vez siento que no valgo nada, que no merezco ser llamado su hijo. Una y otra vez caigo, y como Judas dejo que las sombras de la muerte ganen terreno sobre la vida, la fe y la esperanza. Una y otra vez asido de Su Mano, como Pedro, llorando amargamente vuelvo a levantarme tambaleando y aferrado en un abrazo desesperado, a los hombros de Jesús en busca de la vida.

Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase;  mas cuando el pecado abundó,  sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte,  así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo,  Señor nuestro.
(Romanos 5:20-21 RV60)
Luis Caccia Guerra