15 marzo 2015

Oré al Señor y él me respondió

Uno de los tantos privilegios que tenemos los hijos de Dios, es que cuando llegan las dificultades sabemos a quién podemos acudir, sabemos que hay alguien que siempre está dispuesto a escucharnos y a ayudarnos. Dios nuestro Padre nos ha dado el regalo precioso de poder entrar en su presencia por medio de su Hijo Jesucristo e independientemente de las circunstancias, buenas o no tan buenas, tenemos la certeza de que Él nos recibirá, nos protegerá y nos respaldará en todo momento.

Hay muchas personas que andan por el mundo como huérfanos y aunque pueden tener a su alrededor a muchas personas, a la hora de la verdad están solas, pues ninguna de ellas podrá darles jamás lo que nuestro Padre Celestial nos da en Cristo Jesús.



Qué dicha tan grande, qué tan bienaventurados somos los hijos de Dios; el sabernos amados de una manera tan inexplicable, el sabernos defendidos y protegidos de todo mal, el sabernos perdonados y restaurados por la gracia y la fe concedida en Cristo Jesús; es un tesoro invaluable que nada ni nadie puede superar.

Alabaré al Señor en todo tiempo;
a cada momento pronunciaré sus alabanzas.
 Solo en el Señor me jactaré;
que todos los indefensos cobren ánimo.
 Vengan, hablemos de las grandezas del Señor;
exaltemos juntos su nombre.
 Oré al Señor, y Él me respondió;
me libró de todos mis temores.
 Los que buscan su ayuda estarán radiantes de alegría;
ninguna sombra de vergüenza les oscurecerá el rostro.
 En mi desesperación oré, y el Señor me escuchó;
me salvó de todas mis dificultades.
 Pues el ángel del Señor es un guardián;
rodea y defiende a todos los que le temen.
 Prueben y vean que el Señor es bueno;
¡qué alegría para los que se refugian en Él!
Salmo 34:1-8 (Nueva Traducción Viviente).

¡Gracias Padre Celestial por tu infinita misericordia, por concedernos la dicha de habitar en tu presencia todos los días de nuestra vida gracias al inmerecido favor que nos regalas a través de Jesucristo nuestro Señor, Salvador y Redentor!
Marisela Ocampo O.