25 abril 2015

La grandeza presente de Cristo

“No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales” (Efesios 1:16-20).

La oración de Pablo por la Iglesia era simplemente esta: “Que Dios les revele no sólo la grandeza pasada sino la grandeza presente de Cristo”.


La Iglesia tiene gran respeto por el Cristo que anduvo sobre la Tierra, el Jesús galileo, el maestro y hacedor de milagros, el hijo de María. Nunca nos cansamos de escuchar y contar los relatos de la grandeza de Jesús de Nazaret; de cómo echó fuera demonios, venció toda tentación, abrió los ojos de los ciegos, abrió los oídos de los sordos, hizo caminar a los paralíticos, restauró manos secas, sanó leprosos, cambió el agua en vino, alimentó a las multitudes con unos cuantos panes y peces ¡y resucitó a los muertos!

Sin embargo, en algún punto de la historia, ¡ponemos límites a este Salvador grande, poderoso y hacedor de milagros! Hemos desarrollado una teología que Le hace a Él, Señor sobre todo lo espiritual pero no sobre lo natural. Por ejemplo, creemos que Él puede perdonar nuestros pecados, calmar nuestro nerviosismo, quitar nuestra culpa, darnos paz y gozo, ofrecernos vida eterna: todo esto en un mundo invisible, un mundo que no se ve. Pero no muchos de nosotros Le conocemos como Dios de lo natural, Dios de los asuntos de cada día: Dios de nuestros hijos, de nuestros trabajos, de nuestras cuentas, de nuestros hogares y de nuestros matrimonios.

Pablo dice que necesitamos una revelación del poder que Cristo tuvo desde el momento en que resucitó de los muertos. Inclusive ahora, Jesús está sentado a la diestra de Dios, poseyendo todo el poder en el Cielo y en la Tierra: “Sometió todas las cosas bajo sus pies” (Efesios 1:22).
David Wilkerson