Hojas de higuera

“Un día, Adán y Eva se sintieron culpables. Al mismo tiempo, sintieron que Dios les miraba y sintieron vergüenza. Y entonces, nos dice la Biblia, cosieron hojas de higuera para cubrirse.

Nada ha cambiado en la actitud de los seres humanos desde entonces.” Pablo Sheetz.

Quienes formamos parte de este ministerio, a través de la palabra escrita, tenemos al menos, un punto en común: el ocuparnos de otros. De la mano de Dios hacer que nuestras propias vidas, bendiciones y también ¿por qué no? penurias, sean de bendición y edificación para otros.



El escritor secular, conocido y exitoso, muchas veces se encuentra “atado” a lo que su editorial le demanda y con frecuencia, si desea continuar parado sobre la cresta de la ola del éxito, debe escribir lo que sus lectores esperan leer de él. En cambio, lo que decimos, lo que expresamos, lo que muchos escritores cristianos MINISTRAMOS a través de la palabra escrita no necesariamente debe ser así –y esto con un profundo respeto por todos nuestros lectores, lo digo–.

Toda la Escritura es inspirada por Dios,  y útil para enseñar,  para redargüir,  para corregir,  para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto,  enteramente preparado para toda buena obra.

(2 Timoteo 3:16-17 RV60)

La Escritura es inspirada por Dios, mas no necesariamente lo que nosotros decimos. Esto no significa que es válido o no, que está bien o que está mal. Simplemente, lo que nosotros expresamos son consideraciones, aplicaciones, interpretaciones personales, desnudar el alma en momentos devocionales basados en la Palabra de Dios, con los cuales nuestros amados lectores podrán o no estar de acuerdo; podrá gustarles o no; tal vez encuentren que a lo que escribimos desde lo profundo del corazón le faltó algo, o tal vez, por el contrario, que algo está de más.

Y está perfecto que así sea. Cuando ministramos, no buscamos dar pie a  controversias, pero cuando las palabras se exteriorizan, trascienden las fronteras de nuestro corazón,  levantan vuelo desde nuestras manos, indudablemente tocamos almas y el propósito de nuestro corazón, más allá de gustos, razones, consideraciones y circunstancias, es ser de bendición. En lo personal, muchas veces me encuentro recibiendo bendiciones que, como niñito rebelde sin causa, definitivamente ¡NO ME GUSTAN! Estas cosas son válidas para cualquier servicio que se precie de MINISTERIO, no solamente dar forma a ideas y  pensamientos a través de la palabra escrita.

Hace muchos años, encontré un libro en un mesón de ofertas de saldos en una librería cristiana. Su tapa, formato, diseño de impresión y aspecto, no prometían mucho que digamos. Y su título espantaba a unos cuantos: “Se te cae la hoja de higuera” del periodista argentino Pablo Sheetz. Por muy poco dinero, lo llevé. ¡QUÉ BENDICION!

Han pasado los años, lo he leído y releído una y otra vez y lo compartí con otros hermanos.  Hasta una campaña de cinco mensajes hicimos, y hace pocos años se publicó un artículo de mi autoría inspirado sobre conceptos y consideraciones de este libro de edición ya agotada. Hoy resulta ser de inspiración para el presente devocional y no puedo menos que dar las gracias a Dios por el ministerio de mi hermano Pablo Sheetz, porque me ayudó a desprenderme de un enorme bagaje de hojas de higuera que estorbaban mi servicio a Dios. Llámese, hábitos y mentiras inconscientes, cubrir las apariencias, ocultar el dolor,  las frustraciones, literalmente vivir “vistiendo”, “tapando” con hojas de higuera la desnudez de mi alma, mis propias fallas de un cristianismo imperfecto y con profundas grietas.

¿Quién dijo que el ámbito de la moda es mayoritario de las damas? ¡Si el primer “traje” de moda lo hizo Adán, el primer hombre que habitó sobre esta tierra!

Hoy estoy aprendiendo a abrir mi alma. Me ayuda, porque al abrir los ventanales de mi alma puedo hacer que la luz de Cristo alumbre las zonas más oscuras de mi ser y sane lo corrupto. Al abrir las puertas del dolor puedo hacer que aquellas tristes vivencias inconscientes ya dejen de sangrar, ocasionar dolor y tristeza y que el dolor por la puerta por donde mismo entró, pueda salir.

Hace unos días tenía una conversación en la puerta del Templo, al término del culto de la noche, con un amado hermano y amigo. Cuando era preadolescente fui su maestro. Su conducta al propio decir de él mismo: “se las traía”. No era un niño malo, pero su conducta… era difícil, el niño, ¡se los aseguro! Hoy es padre de familia, tiene un ministerio y toda su familia está involucrada en una u otra forma en la Obra. Sin embargo un día perdí el control y le propiné un golpe. No se preocupen, él no salió herido. El que salió lastimado fui yo, porque durante todos estos años viví con la culpa y el cargo de conciencia.

“-¡Cómo no tuve las manos atadas!” le dije esa noche. “-¡Qué bueno que tengas un buen recuerdo, puedas tomarlo con humor y sin rencores! Agregué.

Nos abrazamos. Lo siento, le dije. El sonreía emocionado.

Es que hoy estoy aprendiendo a abandonar las hojas de higuera que para nada sirven, a depositar en las dulces manos de mi Señor mis dolores y frustraciones, a quebrantarme delante de su presencia para que su luz sane mi alma, a abrir el abismo del interior de mi corazón y dejar de intentar salvarme por mi propia cuenta, como a mí me place o creo que “me conviene”; para que sea El, quien le dé sanidad y restauración; me saque de la oscuridad mas no como yo quiero, sino como El quiere.

Hazme oír por la mañana tu misericordia, porque en ti he confiado; hazme saber el camino por donde ande, porque a ti he alzado mi alma. Líbrame de mis enemigos, oh SEÑOR; a ti me acojo. Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú [eres] mi Dios. Tu buen Espíritu me guíe a tierra de rectitud. Por tu Nombre, oh SEÑOR me vivificarás; por tu justicia, sacarás mi alma de angustia.

(Salmos 143:8-11 RV2000)

Luis Caccia Guerra