23 julio 2015

Lo que aprendí de un gasterópodo

“Pero habiendo obtenido auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy”. (Hechos 26:22a)

¿Ha visto un caracol de jardín? La mayoría de ustedes creo que los ha visto, incluso, lo hemos comido, ya que en algunos sitios como aquí en España, es un plato exquisito de verano, pero ese es otro tema…  Centrémonos en el caracol como criatura y no como comida. ¿Cuánto cree que avanza un caracol por cada hora invertida en desplazamiento? Los que han investigado a este curioso molusco aseguran que no avanzan mucho más de 12 metros por hora. No parece que sea un buen record, no creo que uno de ellos vaya a los próximos juegos olímpicos. Sin embargo, antes de criticarlo, no olvide que lleva su propia casa a cuestas. ¿Cuánto avanzaríamos en una hora si tuviéramos que andar con nuestra casa a la espalda? Quedaríamos aplastados y no avanzaríamos nada. He dejado de ver al caracol como la metáfora de la lentitud, ahora lo veo más como un fisiculturista que levanta coches con una mano, pero de andar sereno.



Imagine el asombroso cuadro de todos los animales entrando al Arca de Noé. Los raudos mamíferos, los escurridizos reptiles, las vertiginosas aves y en alguna parte del camino, el caracol. Nadie apostaría que llegaría a tiempo al Arca para escapar del diluvio, pero con su perseverancia llegó, y ahora pueblan nuestros jardines como testimonio de que la persistencia puede ser más valiosa que la inteligencia o la rapidez. Salomón vio en la hormiga y el conejo enseñadores sabios puestos por Dios para nuestra ilustración. Jesús mismo usó la figura de la gallina para expresar su amor por Israel. Sin dudas, toda la creación nos envía mensajes que haríamos bien en discernir para nuestro provecho. El caracol nos alecciona sobre la persistencia, sobre seguir adelante sin considerar cuán rápido puedan hacerlo otros.

El mundo que nos rodea es cada vez más competitivo. Tal parece que en un entorno de aves, mamíferos y reptiles, no hay cabida para caracoles, pero la historia ha demostrado lo contrario. Nadie apostaría por Juan Bunyan, un hojalatero inglés semianalfabeto convertido al evangelio, pero él escribió El progreso del peregrino, uno de los libros cristianos más leídos y traducidos en el mundo. Nadie diría que George Whithefield podría predicar 18,000 sermones con un solo pulmón funcional, pero hoy es recordado como el príncipe de los predicadores al aire libre. Quién creería que el zapatero William Carey llegaría a la India y marcaría el comienzo de las misiones modernas con su empuje y determinación, sin embargo, sus traducciones de la Biblia son usadas todavía hoy. Podría seguir la lista de docenas de “caracoles” sin probabilidades humanas de alcanzar aquello que Dios le prometió, pero hicieron proezas porque no se detuvieron jamás.

No hay nada malo en ser como ese pequeño gasterópodo. No hay que sentir lástima por nosotros, o quejarnos por no ser más rápidos o más listos, solo hay que perseverar hasta alcanzar las promesas de Dios. Abraham Lincoln dijo: “Camino lento, pero nunca camino hacia atrás”. Ahí está nuestra fortaleza, en persistir, a nuestro ritmo, con nuestras fuerzas, pero sin rendirse nunca. Como diría el escritor a los Hebreos: “nosotros no somos de los que retroceden” (Hebreos 10:39 a).

Osmany Cruz Ferrer