«Por ser yo tan mala esposa»

«Me casé hace diecinueve años. Soy profesional, y desde hace ocho años mi esposo dejó de trabajar formalmente para dedicarse a un proyecto personal.... Yo salgo a mi oficina a trabajar, y él se queda en casa, supuestamente trabajando. Siempre me reclama que yo trabajo mucho y que no le dedico tiempo al hogar. Pero no me parece justo, y discutimos mucho por esto.

»Hace un mes una pariente... se comunicó conmigo y me mostró unos mensajes de amor muy fuertes por parte de mi esposo. Cuando le reclamé, me dijo que Dios le había enviado ese amor por ser yo tan mala esposa... y que la ira de Dios estaba en contra mía porque él... es fiel seguidor de Dios y yo no. Ahora no tengo confianza ni en él ni en mi pariente. ¿Ser buena esposa es realizar los quehaceres de la casa? ¿Me castigará Dios por no ser buena esposa? ¿Lo premiará Dios a él porque lee la Biblia?»



Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Nos alegramos de que nos haya contado su caso. Las preguntas que nos hace son muy buenas.

»Cuando Jesucristo anduvo en esta tierra, citó una profecía de Isaías que al parecer atañe a su esposo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas.”1 Jesús estaba hablando con unos hombres religiosos que pensaban que era más importante lavarse las manos antes de comer que guardar el mandamiento de honrar al padre y a la madre. Dejó en claro que las reglas humanas como las de lavarse las manos y hacer el aseo de la casa no son igual de importantes que las reglas divinas como los Diez Mandamientos, uno de los cuales implica que el esposo debe serle fiel a la esposa.2

»... Lamentamos la manera en que su esposo se está portando. Aun si el no hacer el aseo de la casa fuera pecado, de todos modos no justificaría la aventura romántica de su esposo con otra mujer. Nosotros creemos que usted tiene toda la razón para desconfiar de él.

»... El castigo por el pecado no se da de la manera en que al parecer piensa su esposo. Lo cierto es que todos merecemos la ira de Dios porque todos hemos pecado. Cristo murió en la cruz a fin de pagar el castigo en nuestro lugar. De modo que su esposo depende del perdón de Dios al igual que usted y al igual que yo. Le recomendamos que los dos busquen asesoría matrimonial con un consejero que sea seguidor de Cristo.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 345.

Carlos Rey

1 Mt 15: 8-9
2 Éx 20:14; Dt 5:18