Se trata de integridad

Es fácil hablar de integridad, predicar y hablar bonito,  ser cristianos delante de los demás y mucho más fácil ser cristianos dentro de una iglesia. Pero la palabra de Dios nos exige que aquello que decimos ser, realmente sea lo que experimentemos en nuestro diario vivir: en nuestro hogar, en el lugar de trabajo, en la calle, en la iglesia, aún en la intimidad, en lo secreto cuando nadie nos está viendo, cuando solamente Dios es el único que sabe lo que estamos haciendo.

“Un anciano debe ser un hombre que lleve una vida intachable. Debe serle fiel a su esposa. Debe tener control propio, vivir sabiamente y tener una buena reputación. Con agrado debe recibir visitas y huéspedes en su casa y también debe tener la capacidad de enseñar. No debe emborracharse ni ser violento. Debe ser amable, no debe buscar pleitos ni amar el dinero. Debe dirigir bien a su propia familia, y que sus hijos lo respeten y lo obedezcan. Pues, si un hombre no puede dirigir a los de su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?



Un anciano no debe ser un nuevo creyente porque podría volverse orgulloso, y el diablo lo haría caer. Además, la gente que no es de la iglesia debe hablar bien de él, para que no sea deshonrado y caiga en la trampa del diablo.

De la misma manera, los diáconos deben ser dignos de mucho respeto y tener integridad. No deben emborracharse ni ser deshonestos con el dinero. Tienen que estar comprometidos con el misterio de la fe que ahora ha sido revelado y vivir con la conciencia limpia. Que sean evaluados cuidadosamente antes de ser nombrados como diáconos. Si pasan el examen, entonces que sirvan como diáconos.

De la misma manera, sus esposas deben ser dignas de respeto y no calumniar a nadie. Deben tener control propio y ser fieles en todo lo que hagan.

Un diácono debe serle fiel a su esposa, dirigir bien a sus hijos y a los demás de su casa. Los que hagan bien su trabajo como diáconos serán recompensados con el respeto de los demás y aumentarán su confianza en la fe en Cristo Jesús”. 1 Timoteo 1-13 (Nueva Traducción Viviente).

Existen personas que viven orando a Dios por sabiduría, discernimiento, prosperidad y en general por las bendiciones y los dones que podemos obtener de su parte por fe y por gracia, creyendo tal vez, que es la unción o las obras que hacemos para el Señor lo que demuestra lo compenetrados que estamos con Él. Podemos caer en el error de creer que la gracia de Dios en nuestras vidas, es una prueba de su respaldo y de su aprobación en todo lo que hacemos, cuando inmerecidamente somos bendecidos por su gran misericordia y amor.

A la hora de la verdad, todo lo que hacemos para el Señor sólo cobra importancia divina cuando verdaderamente obramos para agradarle a Él independientemente de que seamos o no recompensados y esto no necesariamente implica llenarnos de activismo y de obras ministeriales cuyas estadísticas fácilmente se pueden demostrar cuantitativamente o tangiblemente ante los demás. No importa cuántas cosas hagamos para el Señor, lo importante es que lo que hagamos, sea mucho o poco para las personas que están a nuestro alrededor, realmente lo hagamos en la autoridad que solamente en Cristo Jesús podemos tener (en santidad) y que nuestra motivación sea obrar para agradar a Dios y no para agradar a los hombres (incluyéndonos a nosotros mismos).

No podemos dar de lo que no tenemos, cómo hablar de santidad, si estoy en pecado; cómo podré hablar de restauración matrimonial, si estoy en problemas con mi esposo(a); cómo llevar amor a tantas personas que lo necesitan, si tengo odio en mi corazón hacia alguien; cómo hablar de integridad, si lo que digo que soy, es sólo una apariencia ante los demás; cómo decir que trabajo para Dios, para el reino de los cielos, si lo que realmente me interesa es ganar dinero; cómo hablar del amor y la misericordia, cuando amo y trato bien sólo a los que me tratan de esta misma manera; cómo decir que amo y sigo a Cristo, si el tesoro de mi corazón es el reconocimiento, el poder y los placeres de este mundo… y así, tantas otras cosas que tristemente hacen parte de la realidad en la que vivimos de hoy en día.

Necesitamos tomar conciencia de la importancia de ser intachables e irreprensibles delante del Señor; no se trata de cuántas obras piadosas (oración, ayuno, congregación, obras de solidaridad, etc.) podamos ejercer, se trata de la forma en que nos relacionamos con el Señor, del estilo de vida que llevamos, del testimonio que estamos dejando ante los demás y de aquello que vivimos en realidad.

Podemos identificar claramente la doble moral y la hipocresía que se ve manifiesta en las obras de la carne y que algunas personas independientemente de su llamado ministerial, muchas veces asumen con el único propósito de obtener un beneficio particular y la mayoría de las veces mundano, motivado por el egocentrismo, la ambición de poder o el interés económico y material, en lugar de ser un propósito genuino alineado con los diseños del Padre Celestial, con la única y divina motivación de buscar hacer su perfecta voluntad.

Si lo que predico no es coherente con lo que vivo, no puedo decir que soy un siervo(a) de Cristo, no tengo autoridad para hablar de lo que no sé porque sencillamente no lo experimento, no es lo que vivo. “Se trata de integridad”, o somos o no somos, pero no podemos hablar lo que no vivimos, no podemos simplemente predicar, tenemos que aplicar lo que tanto escuchamos y hablamos acerca de Dios. Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Santiago 1:22 (Reina Valera 1960).

Hablar bonito es fácil, aparentar ante los demás también; pero al final todo sale a la luz y las motivaciones de nuestro corazón quedarán al descubierto. Podemos engañar a los demás, quizá podemos llegar a pensar que nos podemos engañar a nosotros mismos, pero es necio creer que podemos engañar a Dios. “No crean ustedes que pueden engañar a Dios. Cada uno cosechará lo que haya sembrado”. Gálatas 6:7 (Traducción Lenguaje Actual).

Que le Señor nos ayude y nos conceda su gracia en Cristo Jesús, para reconocer con humildad el rol que como hijos de Dios estamos desempeñando, que nuestras motivaciones sean correctas y nuestro obrar siempre conforme su voluntad. Que sea Él escudriñando nuestra mente y nuestro corazón, y perfeccionándolo según sus designios porque no hay nada más maravilloso que ser usados como instrumentos limpios y útiles en sus poderosas manos.

¡Somos barro en tus manos Padre Celestial, moldéanos y transforma nuestras vidas según tu voluntad, en Cristo Jesús, Amén!

Marisela Ocampo Otálvaro