Crea en mí un corazón limpio

Si no hubiera existido un profeta como Natán—ninguna palabra profética y penetrante—David hubiese terminado como Saúl: espiritualmente muerto, sin dirección del Espíritu Santo, habiendo perdido toda intimidad con Dios.

Mientras David escuchaba la palabra amorosa pero penetrante de Natán, recordó el tiempo cuando un rey anterior fue advertido por un profeta. David había escuchado todo acerca del profeta Samuel advirtiendo al Rey Saúl, y había escuchado la respuesta a medias de Saúl, confesando: “He pecado.” (Yo no creo que Saúl haya clamado desde su alma, como lo hizo David: “¡He pecado contra el Señor!”).



David observó de primera mano los cambios destructivos que le ocurrieron a Saúl. El rey que una vez fue piadoso y dirigido por el Espíritu continuamente rechazaba las palabras de reprobación del Espíritu, llevadas a él por un profeta santo. Pronto Saúl comenzó a caminar en su propia voluntad, amargura y rebelión. Finalmente, el Espíritu Santo se apartó de él: “Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey” (1 Samuel 15:23). “… y [Jehová] se había apartado de Saúl;” (18:12). Saúl termina yendo a una bruja en la búsqueda de dirección. Él le confesó: “Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer” (28:15).

David recordó toda la locura, fealdad y terror que rodeó a este hombre que le había cerrado la puerta a la Palabra de Dios. De repente, la verdad penetró su propio corazón: “Dios no hace acepción de personas. He pecado como Saúl. Y ahora aquí hay otro profeta, en otro tiempo, dándome la Palabra de Dios, como Samuel se la dio a Saúl. O, Señor, ¡he pecado contra ti! Por favor no quites de mí tu Santo Espíritu, como hiciste con Saúl.”

David escribió, “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…Purifícame…Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, no me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu” (Salmo 51:3-4,7,10-11).

David Wilkerson
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