08 octubre 2015

Habemus contractum

Hace unos días renovamos nuestro contrato de la renta del departamento que ocupamos, cuando todo apuntaba entre discusiones, desavenencias y desacuerdos; a lo peor. Tal vez el departamento tenga unos cuantos defectos que dejan sentir su peso y dejan bastante que desear, pero Dios nos ha dado la bendición de vivir en una zona privilegiada por la que otros pagan fortunas.

Algo parecido a lo ocurrido hace dos años atrás. Sólo que en la vez anterior las condiciones anímicas, familiares, personales y laborales eran considerablemente precarias. Lo peor de todo es que el origen de todas las desdichas, siempre se remitía al terreno de lo espiritual. Sin contención, desorientados, sin saber a dónde ir ni qué hacer, nuestras oraciones se perdían en algún recóndito rincón del universo a la deriva sin llegar al Trono de Dios, un sentimiento profundo de orfandad se enquistaba más y más en lo profundo del alma y el futuro planteaba más sombras que luces, más desesperanza que certezas.



En aquella oportunidad tomé dos decisiones: la de regresar a las raíces, a la iglesia que me vio nacer en la familia de Dios, que una de esas noches de efervescencia y rebeldía de mi juventud abandoné de un portazo y comenzar de nuevo. La otra decisión, fue la de derribar los altares de Baal que había estado construyendo en mi vida. Aquella tarde, unos 150.000 archivos tóxicos fueron destruidos en mi computadora y entregados a los pies de la cruz por propia voluntad. Desde entonces el camino no ha sido nada fácil, lleno de sinuosidades, de altos y bajos, e inclusive, de algún par de caídas y recaídas y por qué no; de alguno que otro abandono.

Sin embargo, y sin saberlo, me había comenzado a mirar tal y como Dios me ve. Un par de años antes, una noche de diciembre tuve un accidente doméstico. Perdí el dominio de un enorme y filoso cuchillo de cocina y me corté un dedo. Hubo que llamar apresuradamente al servicio de emergencia. Seguí al pie de la letra cada indicación que me dejó el médico una vez que después de casi media hora, terminó de realizar los varios puntos de sutura que demandó la herida de la imprudencia y excesiva autoconfianza. Hoy, a casi cinco años del incidente, recién estoy recuperando algo de sensibilidad en ese dedo.

Pero lo curioso, fue en realidad que después de varias semanas de curas diarias y tratamiento, el dedo se veía horrible y aún dolía considerablemente. Sin embargo, en determinado momento la piel lastimada, incluyendo un trozo de uña que había sido partido al medio por la poderosa hoja del cuchillo ¡se cayeron y emergió  “un nuevo dedo” sano y limpio! ¡No podía creer lo que veía!

Esto, en la distancia en el tiempo me habla acerca de cómo Dios me ve y cómo trata en general con nosotros. Mi dedo dolía y la herida aún estaba allí, pero había sido sanada. Hoy, la cicatriz se puede ver, se hace sentir. Igual que mi vida, duele en muchos aspectos, sólo que no me enteré de que esa herida ha sido sanada por el poder de mi Señor.

¡Cuántas heridas Dios habrá sanado en tu vida y en la mía y aún seguimos viviendo el dolor sin poder darnos cuenta de ello!

En 2do Samuel cap. 4 hallamos la historia de Mefi-Boset, hijo de Jonatan, amigo de David y nieto del rey Saúl. Saúl y Jonatán habían caído en batalla ese día. Cuando esto sucede, comienza, en las acertadas palabras de Dante Gebel, una “verdadera caza de brujas”. El bando vencedor comienza a buscar y a matar sistemáticamente a cada pariente, amigo, descendiente o derecho-habiente del rey muerto que en algún momento de la historia pueda aparecer y surgir con algún reclamo sobre la corona o bienes del rey o protagonizar un levantamiento para recuperar el reino. Entre estos, se encontraba un pequeño de cinco años de edad hijito de Jonatan, que dormía despreocupadamente en palacio ajeno a los terribles acontecimientos que sucedían. La nodriza al enterarse de la muerte del rey y del padre del niñito, lo tomó en sus brazos y  emprendió una apresurada huida para salvar su vida. Pero en la alocada carrera, tropezó y cayó y nada pudo hacer para evitar que el pequeño resultara con sus frágiles piecitos quebrados.

Así creció Mefi-Boset. Lisiado de sus extremidades y escondido de por vida en un lugar denominado “Lodebar”, cuyo nombre significa “sin pasturas”, o lo que es lo mismo, “sitio árido”.

Años después, David, ya Rey, pregunta y su nombre es mencionado por uno de sus más antiguos sirvientes. Entonces manda el carruaje real y lo hace traer a Mefi Boset al palacio y lo hace sentar a la mesa del rey (2do. Samuel 9:6-13).

Hoy descubro que me he estado viendo a mí mismo como se vio Mefi-Boset a sí mismo una buena parte de su vida. Lisiado, dolido, sin poder caminar, escondido y alejado de la presencia del Rey.

Mi dedo dolía y se veía muy mal pero ¡estaba sano! Mefi-Boset no podía caminar y tal vez sus pies aún dolían, pero ENTRÓ EN PALACIO Y SE SENTÓ A LA MESA DEL REY. Mi alma duele y se ve muy mal, casi no camina, pero ha sido invitada a sentarse a la mesa del Rey, porque no importa cómo me veo a mí mismo, sino cómo Dios me ve.

Hoy no sólo he renovado un contrato que en un par de años voy a tener que verme otra vez en el dilema de resolverlo. Hoy he firmado otra clase de “contrato” con mi Señor, un contrato que involucra toda una vida en la certeza de que el que puso el “querer”, también tiene el poder de poner el “hacer” (Filipenses 2:13).  Hoy comienzo a caminar en pos de un sueño, un sueño que no es el mío. Un sueño que le pertenece a Dios, pero que involucra mi vida.

Como en las inspiradoras palabras de uno de nuestros pastores:

Y dijo Jehová a Satanás: “¿No has considerado a mi siervo Job (cambia “Job” por tu nombre), que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?  ¿Te animas a creerlo? ASI TE VE DIOS Y ASI HABLA DIOS DE TÍ. (Pr. Alejandro Portillo)

Síii!!! Ese soy yo. Ese quiero ser yo!!!  “Habemus contratum” … con Dios!

Y Jehová dijo a Satanás:  ¿No has considerado a mi siervo Job,  que no hay otro como él en la tierra,  varón perfecto y recto,  temeroso de Dios y apartado del mal? (Job 1:8 RV60)

Luis Caccia Guerra