27 octubre 2015

«La prueba de lealtad» (parte 2)

«Su carta a Luisa Gil no tenía una sola palabra que no fuera verdad: “Con mucho pesar, y aunque por ello sufran mis sentimientos, debo renunciar a mi amor por ti, y anunciarte adolorido que no podemos casarnos. Me lo prohíbe la superioridad, en razón de las actividades antitrujillistas de tu hermano.... Aunque siempre te recordaré con amor, no volveremos a vernos.”

»... El [segundo] teniente García Guerrero... entró al despacho del mayor [Figueroa Carrión]... y éste... le mostró la carpeta de tapas rojas que tenía sobre el escritorio.

»—¿A que no sabes qué hay aquí? ... ¡Tu ascenso a teniente primero, muchacho! ...



»... Los privilegiados... oficiales a los que se confiaba los puestos de mayor responsabilidad eran sometidos a una prueba de lealtad a Trujillo antes de ser ascendidos.... El mayor... le ordenó que fuera a buscarlo a su casa a las ocho de la noche....

»A las ocho, Amadito estuvo en casa de su jefe. Éste... subió al vehículo de un salto y... ordenó...:

»—A La Cuarenta, Amadito..

»—¿A la cárcel, mi mayor?

»—Sí, a La Cuarenta....

»Allá [los] estaba esperando... el coronel Abbes García.... [todopoderoso] jefe del SIM (Servicio de Inteligencia Militar)....

»—Buenas noches, teniente.

»—Buenas noches, mi coronel....

»—Felicitaciones por el nuevo galón.... El SIM recomendó su ascenso.... Usted es uno de los pocos oficiales a los que se les negó el permiso para casarse y obedeció sin pedir reconsideración. Por eso el Jefe lo premia, adelantándole el ascenso un año....

»—¿Qué debo hacer, mi coronel? ... ¿Se trata de la prueba de la lealtad, cierto? ...

»—Tiene razón, teniente.... [Tiene que] matar a un traidor con [sus] manos.... Y sin que le tiemblen....

»El prisionero, amordazado, estaba sin zapatos.... Tomando... conciencia de lo que iba a ocurrirle, comenzó a retorcerse, a rugir, tratando de zafarse de las ligaduras y de la mordaza....

»—¿Tiene usted ahí su arma? —preguntó el coronel Abbes García—. No haga sufrir más al pobre diablo.

»Amadito asintió, sin decir palabra. Dio unos pasos hasta ponerse junto al prisionero.... Le puso el cañón de su pistola en la sien y disparó. El tiro lo ensordeció y le hizo cerrar los ojos un segundo....

»—Usted tiene nervios bien templados —aprobó el coronel Abbes García—..... ¿No tiene curiosidad por saber quién era ése?

»—Prefiero no saberlo, mi coronel.

»—Qué fácil sería, si uno hiciera estas cosas sin saber de quién se trata.... Si uno se tira al agua, tiene que mojarse. Era uno del 14 de junio, el hermanito de su ex novia, creo. ¿Luisa Gil, no?»1

Con razón que Amadito, protagonista de la novela histórica del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa titulada La Fiesta del Chivo, le dice luego a su amigo, a quien le acaba de relatar el incidente: ¡«La próxima vez que dispare, será para matar a Trujillo»!2 Pero ya es demasiado tarde para oponerse a la terrible arbitrariedad de tener que abandonar a su novia, y a la despiadada tiranía que le ordena matar a sangre fría al hermano de ella.

Quiera Dios que ninguno de nosotros caiga en esa trampa mortal en que cayó Amadito, sino que respondamos más bien como San Pedro y los demás apóstoles en su defensa ante la asamblea general de los ancianos de Israel: «¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!»3

Carlos Rey
www.conciencia.net

1 Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo (Madrid: Santillana Ediciones, 2006), pp. 50-62.
2 Ibíd., p. 63.
3 Hch 5:21,29