Las consecuencias de la incredulidad

“Y también la mano de Jehová vino sobre ellos para destruirlos… hasta que se acabó toda la generación de los hombres… de en medio del campamento,” (Deuteronomio 2:15,14). Aquí hay un ejemplo del lenguaje más fuerte en toda la Biblia respecto a la incredulidad.

Tu puedes decir, “Pero ese no es el lenguaje de la gracia, Dios no trata la incredulidad con esa severidad hoy.” No es así. La Biblia dice hoy, bajo la gracia, que: “Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6).

El pecado de incredulidad no puede ser aislado a un solo asunto en nuestras vidas. Se derrama sobre todo, manchando y contaminando cada detalle de nuestro caminar.


Israel no solo se limitaba a dudar de la capacidad de Dios para matar a sus enemigos. Su duda tuvo un efecto secundario sobre su confianza por provisión diaria. Dudaron de la capacidad de Dios para proteger a sus hijos. Dudaron de si es que Él los guiaría a la tierra prometida. Hasta dudaron de si Él estaba con ellos. Por eso Dios les dijo: “Vosotros volveos e id al desierto... pues no estoy entre vosotros” (Deuteronomio 1:40,42).

Si tenemos incredulidad en un área, se extiende a cada área, contaminado todo nuestro corazón. Podemos confiar en Dios en algunos asuntos, tales como creer que nos salva por la fe, que es todopoderoso, que Su Espíritu habita en nosotros. ¿Pero confiamos en Él por nuestro futuro? ¿Creemos en Él por provisión de salud y finanzas, y para darnos la victoria sobre el pecado?

La incredulidad nos lleva al pecado de la presunción. Presumir es atreverse a pensar que nosotros sabemos lo que es correcto. Es una arrogancia que dice: “Yo conozco el camino,” y actúa por su propia cuenta.

Aquí hay, aún, otro pecado que Israel cometió en su incredulidad. Cuando Dios les mando que regresaran al desierto, ellos no quisieron obedecer. En vez de eso, fueron a Moisés y dijeron: “De acuerdo, pecamos, pero ya lo tenemos resuelto. Estamos listos para obedecer el mandamiento de Dios de subir en contra del enemigo.” Y tomaron el asunto en sus propias manos.

Muchos cristianos incrédulos cometen un trágico error: cuando ellos fallan en un asunto de fe, se vuelven a la carne. Hacen lo que creen debe ser hecho, pero proceden en su propia sabiduría y capacidad. La fe siempre se resiste a actuar en temor y espera que Dios obre. La fe nunca está dispuesta a hacer que algo suceda adelantándose a Dios.

David Wilkerson