Martillos y melodías

“Mi corazón está dispuesto, oh Dios; Cantaré y entonaré salmos; ésta es mi gloria”. (Salmos 108:1)

Justo ahora, mientras escribo las primeras palabras de este artículo, escucho la Sonata para piano número 1 en Fa menor, Opus 2 número 1 – I. Allegro, de Bethoven. Qué maestría, qué deleite para el oído. Cada nota, cada acorde surge de los golpes que diminutos martillos ejecutan sobre cuerdas de acero en el interior del piano, conducidos por la voluntad de un maestro que armoniosamente los concierta para dar el sonido adecuado. El arte más puro puede salir de esos golpes. ¡Qué curioso contraste entre la fuerza y la belleza! ¿Cómo es posible que esta última sea  consecuencia de la primera?  Tales convergencias me llenan de admirable fascinación y me ilustran verdades más elevadas.



¿Pueden los golpes que recibimos a diario sacar música de nosotros? Noto, en la mayoría de las ocasiones, que no. Una enfermedad no me entusiasma, un accidente con la puerta aprisionando mis dedos no me resulta atractivo, ni salto de alegría cuando veo la factura de la luz. Normalmente los golpes los tomo como eventos indeseables e improductivos. Sin embargo, no puedo deshacerme de ellos, siguen llegando cada día en diferentes dosis. Ni encerrándome en un castillo blindado podría evitar por siempre el infortunio. ¿Qué hacer entonces? Debe haber algo que le quite el protagonismo a los sucesos desafortunados de la vida. Quizás estoy viendo solo una parte del todo que es la vida. No todo es dolor, ni aquello que duele es necesariamente sin propósito. He llegado a creer que si bien no puedo controlar lo que sucede alrededor de mí, si puedo decidir cómo actuaré con respecto a cada situación en particular. He descubierto que si me lo propongo, los golpes pueden sacar algún tipo de melodía armónica y seductora. De hecho, la mayoría de lo que escribo nace de vivencias que he decidido utilizar para ir contracorriente y sacar música del repique de los martillos que me golpean.

Sonría ante lo imposible como una burla a lo quimérico. Continúe a pesar del obstáculo. Verbalice su dolor, pero no viva para siempre con él. Convierta sus golpes en sinfonías a propósito y porque sí. Si usted no dirige su vida según los principios de Dios, cualquier otra cosa lo hará. Los justos cambian lágrimas en fuente, mientras atraviesan valles sombríos (Salmos 84:6). Es nuestra naturaleza, es lo que somos. No somos victimarios, estamos del lado del bando ganador.

No quisiera que mis palabras suenen a publicidad de televisión. No intento vender remedios caseros, ni vendas mágicas para heridas supurantes. Hablo de resoluciones, de ajustes de vida, de enfoques para mejores futuros. Hay que resistir como el amianto y ser perseverante como la gota de agua que orada la roca. Nada puede quitarte tu voluntad, tus aspiraciones, tu fe. Debes empezar a no solo creerlo, sino también practicarlo. No digo que las cosas van a mejorar, eso no lo puedo saber con certeza, digo que tú no debes ser el mismo.

El apóstol Pablo es para mí un claro ejemplo de cómo cada golpe puede ser convertido en una pieza musical que glorifique a Dios. Él escribió: “Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (1 Corintios 4:11-13). Pablo sacaba de un golpe de maldición una nota hermosa de bendición. La difamación la convertía en oraciones. Este estilo de vida es al que me refiero.

He comprobado que no puedo huir de este mundo y cuando lo he intentado refugiándome en la soledad y el ostracismo encuentro que me pierdo todo lo demás por escapar de unos pocos golpes de martillo. He descubierto que si quiero vivir a plenitud debo ser coherente a mi propósito en esta vida. Propósitos que ya Dios me ha dicho y que a veces me resultan lejanos e inalcanzables.  Hoy sé, que si quiero vivir por lo que quiero, debo estar dispuesto a sufrir también. Que no hay pena más grande que no intentarlo, que no hay miseria más honda que no ser uno mismo. Si el golpe ruin se asesta sobre mi espalda, lo devolveré con una melodía que desconcierte por su armónica degustación. Ya lo he decidido, no hay vuelta atrás.

“Mi corazón está dispuesto, oh Dios; Cantaré y entonaré salmos; ésta es mi gloria” (Salmos 108:1)

Osmany Cruz Ferrer