20 marzo 2017

Deuda

Cuenta esta historia popular que… una tarde, un pequeño se acercó a su madre que preparaba la cena en la cocina, entregándole una hoja de papel en la que había escrito algo. Después de secarse las manos y quitarse el delantal, ella leyó lo que decía la nota:

– Cortar el césped del jardín… $15.00
– Limpiar mi cuarto esta semana… $5.00
– Cuidar de mi hermano… $5.00
– Ir a la panadería… $0.50
– Sacar la basura toda la semana… $2.50
– Libreta con buenas calificaciones… $50.00
– Limpiar el patio… $5.00
– TOTAL ADEUDADO… $83.00

La madre lo miró con fijeza mientras él aguardaba expectante. La madre tomó una lapicera y en el reverso de la misma hoja anotó:

– Por llevarte nueve meses en mi vientre y darte la vida… NADA
– Por tantas noches de desvelos, curarte y orar por tí… NADA
– Por la alegría y el amor de nuestra familia… NADA
– Por temor y preocupaciones cuando enfermabas … NADA
– Por comida, ropa y educación… NADA
– Por tomar tu mano y darte apoyo… NADA

Cuando el niño terminó de leer lo que había escrito su madre, tenía los ojos llenos de lágrimas.
La miró a los ojos y le dijo:
“-Te quiero mamá…”; luego tomó la lapicera y escribió con letra muy grande: “TOTALMENTE PAGADO”.

Esta tierna historia me recuerda a Jesús, que hizo mucho más por nosotros de lo que tal vez alcanzamos a imaginarnos.
En la parábola de Mateo 18:23-35 Jesús sabía exactamente de qué hablaba. Un hombre le debía a su señor diez mil talentos. Como no podía pagar, ordenó venderle a él y a su familia para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo suplicaba, diciendo: “-Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo”.
Entonces, el señor conmovido, decidió liberarlo y perdonarle la deuda.

Qué hizo después este siervo con otro que le debía muchísimo menos, es otro tema. Lo cierto es que en tiempos del Nuevo Testamento, el talento era el romano-ático y equivalía a unos 6.000 denarios o dracmas. El denario, en general, era el salario de un día de un obrero. Es decir, que el que debía 10.000 talentos, en realidad debía 60 millones de denarios. O lo que es lo mismo, los jornales de más de 160 mil años.

“-Ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré” (Mateo 18:26) decía el siervo inconsciente, a su señor… ¿Cuándo iba a pagar semejante deuda???

Por ahí leí que Jesús no había aprobado biología ni matemáticas. Yo no tengo la menor duda de que cuando Él decía algo, sabía exactamente de qué hablaba.

El nene del principio de nuestra historia quería pasarle factura a su mamá por unas cuantas cosas que hacía, pero se le había perdido de vista TODO lo que su amorosa mamá hacía por él y a título absolutamente gratuito para él. No obstante, ELLA SÍ HABÍA PAGADO EL PRECIO QUE SOLO UNA MAMÁ SABE, CUESTA TRAER UN HIJITO AL MUNDO.

Al igual que esa criaturita, al igual que el siervo de la parábola de Mateo 18, a veces así somos. Muchas más veces de las que podemos llegar a imaginarnos, por cierto. Reclamando favores de Dios en razón de nuestro servicio y fidelidad, toda vez que nuestra deuda para con Él a causa de la multitud de nuestras rebeliones no se salda en un término acotado de tiempo… como la módica suma de 160 mil años de servicios! ¡TODA UNA ETERNIDAD SIN DIOS es el precio, cosa que no resulta ser un detalle menor! Jesús tuvo a bien pagar el elevado precio. Gratis, no fue. Para nosotros, fue gratis.

Abrumado en mi humanidad, elevado en el espíritu, no puedo menos que decir como el niñito de la historia del principio: ¡TE QUIERO, SEÑOR!

He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.
(Salmos 51:5 RV1960)

Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.
(Isaías 53:5 RV1960)

Luis Caccia Guerra