24 marzo 2017

El pintor de esperanzas

O´Henry narra en uno de sus cuentos, cómo una niña francesa de once años llamada Marie, es diagnosticada con tuberculosis, a principios del siglo pasado. La madre, desesperada, intenta animarla de todas las maneras posibles y baja la cama de la niña al salón de la vieja casa parisina. Coloca el lecho junto a la ventana que da a un jardín y a un edificio. Estaba comenzando el crudo invierno, y según el médico, las posibilidades para recuperarse de una enfermedad como esta en un clima tan desfavorable, dependía más de que la niña luchara, que de los medicamentos que él podía prescribir. Si resiste hasta la primavera, dijo el doctor, la niña sobrevivirá.

Allí, junto a la ventana, en un aislamiento forzoso, la niña descubrió una enredadera que cubría parte de la pared del edificio de enfrente y cuyas hojas se iban marchitando y cayendo. Le dijo a su madre que creía firmemente que cuando cayera la última hoja, su vida también se acabaría. La madre insistió que no, que la enredadera tenía muchas hojas y que aguantarían muchas de ellas hasta los retoños de la primavera. Pero las hojas iban cayendo, porque el invierno no cree en las promesas de una madre triste. Entonces Marie vio a un joven pintor en el tercer piso, donde tenía su estudio. Sorprendida y extasiada, se quedaba horas mirando cómo pintaba imágenes de París, Notre Dame, Montmartre, el Mouling Rouge y otras.

Su madre, vio una rara luz en la mirada de la niña. Habló con el pintor y le ofreció dinero para que visitara a su hija y le enseñara a dibujar. El joven, compasivo, sin darle importancia al ofrecimiento monetario, bajó a conocer a la enferma, y a enseñarle a pintar en telas, a usar carbones y a practicar con colores. Una peculiar amistad surgió y Marie le contó a su nuevo amigo sobre la enredadera, sobre su miedo a la muerte cuando su última hoja se cayera. De miles de hojas que había hace poco, le dijo, solo quedaban veinte y ocho después de la tormenta de anoche. El joven pintor le aseguró que tales asociaciones no eran buenas. Le comunicó que debía ir a América, a una exposición. Marie pensó que el mundo se le venía encima. Él le dijo que volvería en mayo y que durante ese tiempo practicara sus dibujos y la escala de colores. Le dijo que en mayo, irían a pintar fuera, en la campiña.

O´Henry relata que el joven se fue y las hojas siguieron cayendo hasta quedar tres, luego una. La sensación de la inminente muerte sobrecogió a la niña y lloró mientras su mamá la arropaba y evitaba que su hija la viera llorar. Esa es la hoja campeona, resistirá, le dijo la madre reprimiendo el llanto. La hoja resistió. Quedó allí después de una tormenta de nieve, de la lluvia y del inclemente invierno.

Los primeros rayos de la primavera iluminaron a la hoja marrón verdosa y la niña sonrió de felicidad. Unos pocos retoños se veían en el tallo de la enredadera, la vida brotaba otra vez. El buen clima ayudó a su pronta recuperación y el doctor dejó que en pocos días la niña saliera al aire puro, casi completamente sana. Ella fue al edificio de enfrente, pregunto por el pintor. La casera le dijo que llegaba en unas semanas, pero que antes de partir había dejado una carta para ella. En la carta le habla de su pronto regreso y de que pida a la casera la llave y tome todos sus colores y pinceles, se los regalaba todos, y le decía que practicara hasta que él regresara para hacerlo juntos. La niña, dando saltos de alegría, entró a la habitación, y después de tomar las cosas, abrió la ventana para saludar a la hoja valiente. Entonces, se dio cuenta, que la hoja sobre el ladrillo, era una pintura que su amigo el pintor había pintado para ella.

Cuando leí este relato por primera vez, se dibujó ante mí una completa analogía. El doctor, la niña, la madre tierna, el pintor, la esperanza que parece apagarse con cada hoja que cae. Todo me recordaba verdades excelsas. Luchamos contra poderosas fuerzas espirituales. Vivimos en un mundo que no entendemos, ni podemos explicar. La zozobra quiere atraparnos con sus tentáculos de dolor y desconcierto. Ahí está el recuerdo del pintor que se ha ido y que ha prometido que vuelve. Sin embargo, con cada hoja que cae, con cada traición, injuria, con cada suceso desafortunado, la esperanza de un mejor tiempo parece empañarse. Diviso, no obstante, la hoja que permanece cuando otras cayeron. No todo es invierno, no todo es infortunio. Está el médico solícito, la madre fiel, el pintor amigo, con sus enseñanzas y regalos. Ya no pienso tanto en las hojas que se caen, sino en la que sigue ahí.

La primavera llegará, Jesús volverá. Ahora intento hacer lo que me enseñó. Me ocuparé en ello hasta su venida. Ahora sé que si algo permanece, es porque lo hizo él. Yo también he visto la pintura en la pared mientras sujeto feliz los regalos que me ha hecho. He descubierto que en un mundo falible y perecedero, Dios ha decidido pintar murales de esperanza y ningún invierno podrá en contra de esto.

Osmany Cruz Ferrer