Cuando la adversidad nos acosa (parte 7)

2 Samuel 22:3 Reina-Valera 1960 (RVR1960) Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío; de violencia me libraste.

Es muy común el que cuando nos encontramos en dificultades y situaciones adversas las personas nos digan “confía en Dios” y es mi opinión que a veces pareciera una de las peores respuestas que nos pueden dar, siendo que no nos dicen cómo hacerlo y seguramente el que nos lo dice tampoco lo sabe, lo ha pensado?

Además, existe una marcada diferencia entre confiar en Dios y anhelar que las cosas se compongan ó se corrijan por sí solas, ya que una cosa no tiene que ver con la otra, piénselo de esta manera, el que el problema pase ó se corrija por sí solo, solo nos quita de sufrir y preocuparnos, pero el que confiemos en Dios quiere decir que probablemente sigamos por esta situación hasta que el propósito de Dios se cumpla y sea transformado nuestro corazón para que dejemos esta situación en el pasado.

Uno de esos propósitos de Dios es generar paciencia en nosotros, pero entienda esto, la paciencia no es pariente de la tolerancia, la tolerancia significa aguantar una situación, mientras que la paciencia significa saber esperar algo que estamos seguros y convencidos que va a pasar y esta a su vez tiene 2 características, primero, la paciencia no es algo que se aprende, es algo que viene del Espíritu Santo, es decir es un fruto que el Espíritu provoca en nosotros (Gálatas 5:22) y segundo, el Espíritu provoca paciencia en nosotros solamente por medio de la tribulación (Romanos 5:3).

Esto se lo comento, porque en muchas ocasiones nosotros solemos forzar las situaciones y solemos tratar de hacer que las cosas sean ó cambien por nuestras acciones ó por la fuerza, el diccionario describe el uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo como violencia (note que violencia no solo tiene que ver con los hechos malos que vemos en las noticias), pero Dios pretende que en medio de la tribulación y que en medio de nuestro desconcierto, le busquemos para evitar la violencia y practicar la paciencia, y con esto no me refiero solo al hecho de que pasen las situaciones incómodas sino a que Dios lleve a cabo su obra en nosotros (Filipenses 1:6), es decir que nos lleve al nivel de parecernos cada vez más a Él y que actuemos cada vez más como Él y menos como nosotros solíamos hacerlo.

Recuerde que en la mayoría de las ocasiones lo que nos llevó a esa situación difícil e incómoda fue nuestra mala actitud, nuestro mal carácter y nuestra ignorancia acerca de los asuntos y la voluntad de Dios, pero tenemos un Dios grande en misericordia que lejos de castigarnos pretende bendecirnos para hacer de nosotros una extensión de su Reino, de modo que cada vez hagamos menos las cosas por medio de nuestras propias fuerzas (violencia) y lo hagamos cada vez más por medio del poder de su Espíritu en nosotros, que no peleemos por tener la razón y que busquemos el establecimiento de la verdad que a su vez genera libertad.

Cuando pienso en la cita de hoy, específicamente en la parte que dice “de violencia me libraste”, me emociona que David el Rey entendió esto y escribió un Salmo que viene de parte de Dios y que dice “¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios!” (Salmos 46:10a), es decir, dejen de ser violentos y hacer las cosas por su fuerza y a su modo, observen como yo desde lo invisible gobierno lo visible y lo pondré al servicio de mi Reino!, no le parece emocionante?

Por lo que una recomendación importante ante la adversidad, es el pensar cómo haríamos nosotros las cosas y específicamente no hacerlas de ese modo, démosle oportunidad a Dios de ser el Dios de nuestras vidas y a ejercer su autoridad y expresar su poder en medio de nosotros para que no tengamos que enfrentarnos al detalle de asumir las consecuencias de nuestros actos sino que podamos sumar cada situación por la que pasemos a nuestro proceso de transformación de regreso a su imagen y su semejanza hasta que hayamos adoptado el carácter de Cristo y tengamos frutos abundantes y permanentes que beneficien a nuestro entorno, así de simple.

Rene Giesemann