21 mayo 2017

Deber y deléite

Si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme, porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciara el evangelio! Por eso, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada. ¿Cuál, pues, es mi recompensa? Que, predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio. (1 Corintios 9:16-18)


Lo que Pablo está diciendo es que no tiene ningún sentido de orgullo y logro porque ha predicado el evangelio fiel y gratuitamente. Al contrario, realmente no tiene otra opción sobre predicar el evangelio: “Me es impuesta necesidad de predicar”. En otras palabras: “Si no predico, estoy deprimido. Realmente no tengo opción en este asunto. Preferiría mucho más predicar que experimentar lo que sé que voy a experimentar si no lo hago: el látigo de mi conciencia, el sentido de fracaso en lo que Dios me ha llamado a hacer. No puedo vivir con eso. ¡Ay de mí si no anunciara el evangelio!”. Dice: “Si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré. Si acepto esta comisión de Dios y gozosamente hago lo que me dice que haga, me será de gran ventaja. Lo disfruto; pero sea que me guste o no, tengo que hacerlo”.

No hay nada malo con un sentido de deber, el sentido de que Dios te ha dado un trabajo para hacer y que tienes que hacerlo, te guste o no. Muchos de nosotros estamos incómodos con ese tipo de motivación, pero Pablo lo sintió. Dijo: “No tengo otra opción en el tema de la predicación. Me guste o no, tengo una comisión que cumplir, y si quiero que mi vida sea de valor, más me vale hacerlo”.

Pero no es por eso que lo hace gratuitamente. Nos dice la razón en el versículo 18: “¿Cuál, pues, es mi recompensa? Que, predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio”. Está diciendo que la cosa que le motivó a él, la cosa que le impulsó a trabajar horas tardías de noche haciendo tiendas de campaña para que pudiera ganarse la vida y no tuviera que ser sostenido por ninguna persona en la iglesia en Corinto, era el puro deleite que le daba el bendecir y enriquecer a otra persona, sin tomar un solo centavo en pago. Era el júbilo de dar que Pablo estaba experimentando.

Fui invitado por unos misioneros a ir al sur de Francia a tener una conferencia bíblica. Necesitaban ser refrescados de la Palabra de Dios, pero sabía también que no se lo podían permitir, y me lo dijeron cuando me llamaron. Dijeron: “No nos podemos permitir darte un honorario”. Yo dije: “No hay ningún problema. Vendré de todas formas. ¿Podéis permitiros los gastos del viaje?”, les pregunté. Ellos dijeron: “Lo intentaremos”. Sabía que lo iban a intentar de un salario escaso, ya que vivían en una de las áreas más caras del mundo. Así que fui a Francia. Mediante un malentendido, no vinieron a recogerme al aeropuerto en Lyon, y estuve allí durante 24 horas esperando a que me recogieran. Finalmente llegué a la localidad de la conferencia, y tuvimos tres o cuatro días dándonos un banquete en la Palabra de Dios. Vi cómo fueron bendecidos sus espíritus al oír la verdad. Al cierre de la conferencia vinieron a mí y me dijeron: “Hemos juntado un cheque de todas las contribuciones hechas aquí. No sabemos si es suficiente, pero es todo lo que tenemos, así que aquí lo tienes”. No era bastante; apenas cubría la mitad de mis gastos. Pero tuve el placer exquisito de firmar el cheque por detrás y devolvérselo, diciendo: “Usad esto para establecer un fondo para traer a más oradores para ministraros”. El ver el júbilo y la sorpresa inesperada en sus caras fue toda la recompensa que necesitaba. Me fui, ricamente pagado por ese ministerio.

Señor, enséñame a ser generoso, no a estar siempre preguntando: “¿Qué gano yo con esto?”. Ayúdame a no ser conformado al molde de este mundo. Enséñame a ser como Tú, Señor, a dar libremente y con gozo, aunque no se me dé nada en pago.




Aplicación a la vida

¿Hay un precio por nuestro servicio a otros? ¿Damos y servimos con gracia, y con gratitud al Señor Jesucristo, que lo dio todo para que pudiéramos tener riquezas eternas?

Ray Stedman