25 mayo 2017

Decido decidir bien

La angustia de no saber qué hacer cuando se supone que debes saberlo ejerce una presión de escala titánica sobre los hombros de cualquier mortal. Tomar decisiones es como esos juegos de “encontrar el camino”. Te planteas cómo llegar de un punto al siguiente sin cometer errores perjudiciales, pero el corazón te sube hasta la garganta ante la decisión inminente. Claro, en el plano de la vida real uno se juega el futuro, nada que ver con juegos divertidos y finales menos temidos.

Josafat era el rey de la próspera Judá, un reino codiciado desde hacía siglos por las naciones vecinas. Las fuerzas armadas del rey no eran lo suficiente numerosas para enfrentar a más de una nación a la vez. Las posibilidades de triunfar sobre los amonitas y los moabitas eran cien a cero. Cualquier apostador hubiera puesto su dinero en las naciones invasoras. A la vista de un comentarista político el final era predecible, la derrota de Josafat era segura.

Todo el mundo esperaba que el rey supiera qué hacer. El ejército esperaba órdenes concretas, los pueblos que constituían Judá aguardaban un edicto con regulaciones y procederes estratégicos para tiempos de guerra. La presión que sentía Josafat se acrecentaba con cada mensajero que llegaba para avisar sobre la distancia a la que estaban las tropas enemigas, pero a pesar de todo ello, el monarca eligió presentar su causa ante el Señor. La decisión del rey puede ser evaluada por algunos como poco práctica a nivel bélico. Un lector moderno que no conozca a Dios puede disimular la sonrisa mientras piensa que esta historia es un mito, pero los que somos de Cristo sabemos que Josafat fue real, que su historia lo fue y que acertó en su elección.

Las decisiones son parte de la cotidianidad. No todas tienen un carácter tan dramático como la historia mencionada, pero cada una tiene consecuencias sobre nuestro futuro. No deben ser tomadas con ligereza, ni tampoco con paralizante pavor. También es cierto que hay decisiones que condicionan destinos, que definen porvenires. Esas deben ser observadas con mayor cautela, como quien camina por encima de un terreno minado de explosivos. No con temor, sino con prudencia. No con incrédula manía, sino con fe rebosante.

Así como las encrucijadas son oportunidades para usar la brújula, los caminos inciertos son descifrados por la dirección divina. El Espíritu Santo nos guiaría a toda verdad y esa promesa es imperecedera. No siempre hay que saber qué hacer, pero es necesario saber a quién siempre acudir. Dios ve lo que yo no veo, puede lo que yo no puedo, sabe lo que yo no sé, así que es una idea juiciosa permitirle a él guiarnos en un proceso de toma de decisiones.

Por abstracto que sea el concepto en apariencia Dios sí guía. Lo hace de disimiles formas, cada una de ellas única y clara, pero se han de discernir espiritualmente. Nos guía a través de una certeza sobrenatural, o a través de un pasaje de las Escrituras, o mediante una cadena de circunstancias. En ocasiones llega a usar medios estremecedoramente originales como lo puede ser una mula parlante.

Decide decidir bien. Decide consultarle todo a Jesús. ¿Qué es la vida cristiana si no una relación cercana con Dios? Una comunión sin intrigas, sin secretos. Josafat descubrió el milagro que hay tras confiar a Dios lo imposible. Dios lo sorprendió al punto que no tuvo siquiera que pelear. El ruido de unos cátaros, derrotó a dos ejércitos. El Señor siempre tiene mejores estrategias que las nuestras.  Nos inspira la valentía de Josafat, pues no sucumbió ante la expectativa de otros, antes buscó las directrices del todo sapiente Dios. Un cristiano así triunfa en todo, porque busca aquello que Dios quiere. Su paso por la vida será coronado por los resultados de la obediencia. No hay lauro más grande que hacer la voluntad de Dios. No hay felicidad más plena que seguir el designio de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Osmany Cruz Ferrer