10 mayo 2017

Obreros idóneos

En cierta oportunidad recibí un mail procedente de la oficina pastoral de la iglesia en la que me congregaba, que decía escuetamente algo así como: “el domingo (fecha) elegimos pastores y maestros”.

Hasta donde quien esto escribe sabía, pastor… ya teníamos. Maestros, también. No entendí nada, tampoco pregunté. Y ese domingo no asistí a la reunión. Pero en las sucesivas reuniones no sólo no noté absolutamente nada nuevo ni extraño, sino que tampoco percibí comentario alguno al respecto. Todo en su apariencia continuaba tal y como lo había dejado semanas atrás.

Un año después, uno de mis colaboradores de ministerio más inmediato, me hizo saber que los hermanos que formaban el gobierno humano de esa congregación -el grupo de Ancianos- ya no estaban más en sus funciones… desde hacía un año. Habían permanecido durante años en ese noble cargo, pero en aquella oportunidad no habían reunido la cantidad suficiente de votos para continuar con su liderazgo. Siguieron adelante con sus tareas y compromisos fieles a su vocación de servicio, pero ya no ocupaban una posición de liderazgo ni tenían autoridad en la iglesia.

Muy lejos de quien esto escribe, sembrar dudas sobre la idoneidad e integridad de estos amados hermanos. Estoy convencido de que las causas de fondo por las cuales no pudieron continuar en sus cargos nada tienen que ver con ellos. Lo cierto es que más allá de lo anecdótico y del amplio abanico de interpretaciones que el hecho pueda ofrecer, lo que en realidad pretendo poner de relieve, y ése es el foco de la presente reflexión, la Iglesia como asamblea de Dios –no la denominación, sino como “ekklesia” de Dios– tiene la enorme responsabilidad de capacitar y poner al frente de sus tareas, cargos y liderazgos, a personas idóneas.

En el ámbito secular, en mi país cualquiera con suficiente capital para hacerlo, puede ser el dueño de un buffet de abogados, una farmacia o de un sanatorio. Pero la legislación vigente exige que quienes deben estar al frente de tales instituciones deben ser profesionales acreditados e idóneos.

En el ámbito eclesiástico ocurre otro tanto. Hoy el Señor necesita en su Obra, obreros, pastores y maestros serios y altamente comprometidos con los negocios de Dios.

Además de serios, comprometidos con los asuntos de Dios, fogueados en las arenas del desierto. Gente PROBADA y APROBADA en las lides del ministerio. Recordemos que no tenemos lucha contra sangre ni carne, sino contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efesios 6:12).

Y en el caso de los pastores, como si ser serio, estar íntimamente comprometido, haber sido probado en las arenas del desierto y aprobado, no fuese suficiente; necesitan ser dotados de una sólida formación en lo pastoral que les permita afrontar con idoneidad, solidez y profesionalmente, las situaciones, los desafíos, las necesidades de una iglesia inmersa en un mundo cada vez más complejo que se retuerce en medio de dolores de muerte. Si esto es “nivelar el target”… pues la iglesia necesita hoy más que nunca nivelarlo hacia arriba.

Cada tanto surgen a la luz noticias de hechos horribles, situaciones en el ámbito intrafamiliar de las que no daremos detalles aquí, cuyos protagonistas son creyentes. Cada tanto un pastor o un consejero se encuentra ante la confesión de un hermano que lo pone en el delicado intríngulis entre llamar a las autoridades o guardar el secreto de confesión y ayudarlo sin saber a ciencia cierta cómo. Bien es cierto que el Señor tiene poder para restaurar y sanar las almas, pero tampoco existen dudas de que a muchas personas todo les ha sido perdonado, mas no todo sanado. Esto es sólo ejemplificativo, no taxativo, pero suficiente evidencia de que las huestes de las tinieblas son capaces de erosionar y socavar convicciones y fe aún en el mismo seno de la iglesia.

Hoy, los desafíos impensados e impredecibles a los que se enfrenta la iglesia cristiana del siglo XXI ponen en otra dimensión, vigencia, fuerza y significado las palabras de Pablo a Timoteo cuando le escribió:

Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado,  como obrero que no tiene de qué avergonzarse,  que usa bien la palabra de verdad.

(2 Timoteo 2:15 RV60)

Luis Caccia Guerra