Prófugos de Dios

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz.”

(Salmos 139:7-12)

Cuando se trata de obedecer a Dios todos tenemos a un Harry Houdini dentro. Sea para la obediencia a la Palabra en cuestiones morales, o para emprender un proyecto ministerial que Dios ha puesto en nosotros, la tendencia humana es la misma. Buscamos atajos, formas de evitar la presión, maneras de alejarnos de lo que nos atemoriza. Nos convertimos en criaturas escurridizas a la hora de enfrentar las más elementales responsabilidades. Como el niño que rehúye del baño necesario, así nos deslizamos a hurtadillas fuera de Su presencia, como si a Dios se le escaparan nuestras andadas.

Es cierto que Dios pudiera dejarnos ir para no volver, al fin y al cabo, los que salen perdiendo somos nosotros. Él no deja de ser Dios si en su obra deserta uno de sus soldados. Pero él es más que un general, él es Padre, y por eso se acerca hasta donde nos hemos escondido. Busca la manera de llamar nuestra atención y de hacernos entender lo correcto. Busca que evitemos los desaciertos que nos harán infelices. Es paciente, pero firme y eso me llena de asombro.

¿Dios insistiendo? ¿Dios buscando al hombre? ¿El Señor yendo a esos sitios que solemos frecuentar cuando estamos fuera de su voluntad? ¿Me pregunto por qué? Pero la respuesta es obvia, por amor, no hay otra razón válida, no existe otra posible contestación. Quien ama no te deja, no importa que torpe seas, esa persona estará ahí para volverte a la cordura. ¡Ah, qué amor el de mi Dios! Cuando alocadamente huyo, él me busca. Cuando el miedo me hace esconderme, él me encuentra y me hace salir con la persuasión de un padre agonizante de amor.

No nos podemos esconder de Dios, ni de nosotros mismos, solo de los demás y eso no ayuda mucho cuando tienes que lidiar con algo dentro de ti. Jonás intentó hacerlo, el profeta quiso irse del propósito divino, pesaban más sus prejuicios que su obediencia. Tales credenciales exhibe la necedad de esquivar aquello para lo que estamos hechos. El libro que lleva su nombre lo describe así: “Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová.” Dios tuvo que enviar una potente tormenta y un formidable pez para hacer entrar en razón al inestable profeta. Finalmente una ciudad se salva por su escueto mensaje de arrepentimiento y Dios se sale con la suya.

No importa qué hagamos para escondernos, Dios nos encontrará. De nada sirve ser prófugo de un Dios omnipresente. Si te dice que seas, obedece. Si te dice que vayas, actúa. No hay realización más auténtica que la de corresponder a su amor con nuestra lealtad. David de quien son esos versos que comienzan este escrito descubrió la inutilidad de escapar de Dios, lo incongruente que es tener miedo ante el que da paz y seguridad.

No podemos andar desatinados por la vida, huyendo de nuestra identidad, romanceando con el pecado o acariciando la rebeldía de resistir al llamado de Dios. Hay que decidir ser un buscador antes que un escapista. Un hijo obediente antes que un cristiano inestable. Pero que sepas que si te has ido él te encontrará, que si has huido el no cejará hasta captar tu atención. No hay lugar en el mundo, ni estado del alma en el que Dios no pueda encontrarte. Su amor te alcanzará. Como escribiría George Mathenson, el himnólogo y predicador ciego:

¡Oh! Amor que no me dejarás,
Descansa mi alma siempre en Ti;
Es tuya y Tú la guardarás,
Y en lo profundo de Tu amor,
Más rica al fin será.

Osmany Cruz Ferrer