Desayunando con Jesús

“Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor”

(Juan 21:12)

Los eventos de días anteriores estaban todavía frescos en la memoria de los dispersos discípulos. El arresto de Jesús en Getsemaní, los azotes infligidos al Maestro en el pretorio hasta su desfiguración, los escupitajos mientras el Cristo cargaba el patibulum por la Vía Dolorosa, la crucifixión ignominiosa en el Gólgota, la muerte por asfixia junto a aquellas dos lacras de la sociedad. Todo estaba tan confuso, que la tristeza se había adueñado del corazón de aquellos que otrora habían estado pletóricos de júbilo por echar fuera demonios y ver grandes milagros.

Pedro estaba especialmente desalentado. Le había fallado a Jesús en el momento que él más lo necesitaba. Negó al Señor aunque antes había prometido acompañarlo hasta la misma muerte. Había sido desleal y cobarde. Su conciencia le aguijoneaba y su dislate estaba sin resolver aún. Entonces, el Señor aparece después de su resurrección a la orilla de la playa donde siete de los discípulos, incluido Pedro, están pescando. No habían podido pescar nada en toda la noche, así que Jesús les indica a donde echar la red, pero ellos aún no saben quién es este extraño que desde la orilla da instrucciones a pescadores profesionales. Actúan en consonancia a la orden recibida y las redes se llenan de peces, entonces Juan lo sabe, quizás por asociación de aquel otro milagro de pesca del pasado, quizás porque era más joven y aun cuando solo era el amanecer pudo ver mejor a la distancia que era Jesús.  Lo cierto es que gritó: “¡Es el Señor!”. Pedro al escucharlo se ciñó la ropa y se tiró al agua. Llegó a la orilla primero que todos y ahí estaba el Mesías resucitado, cocinando un pez sobre unas brazas y una hogaza de pan.

Lo que sucedería a continuación ha sido el tema de miles de sermones. Jesús le pregunta a Pedro si éste lo amaba más que los demás, solo que no le dice Pedro, le dice “Simón, hijo de Jonás”. Aquello debe haber dolido, Jesús mismo le había cambiado el nombre hacía tres años antes. Su nombre era Simón (junco), mas Jesús le llamó en lo adelante, Pedro (roca). El Maestro debía raspar la llaga antes de curarla. Sus métodos pueden ser poco convencionales, pero funcionan. Pedro, el que siempre tenía algo que decir, no responde alocadamente esta vez. Apenas balbucea unas exiguas palabras: “Sí, Señor; tú sabes que te amo.” Jesús le pregunta tres veces, y con cada pregunta va curando al maltrecho apóstol. Le asigna la misma tarea una y otra vez, confirmándole en tres ocasiones que la restauración de su vida y ministerio es un hecho. Aquel desayuno se convirtió en un quirófano. Cristo extirpó la culpa y el fracaso de un hombre que luego sería uno de los más valerosos proclamadores del evangelio.

El Señor concluiría diciéndole: “Sígueme”. Aquella sola palabra sería música para los oídos de Pedro y esa orden sería su consigna, pues siguió al Maestro hasta el martirio. El gallo cantaría como siempre cada día en lo adelante, pero Pedro no sentiría otra vez culpa, porque aquel desayuno con Jesús lo había cambiado todo. El canto del gallo ahora le recordaba la gracia restauradora, la misericordia infinita, el amor redentor de Cristo.

El relato de Juan 21 lo he leído docenas de veces. Jesús no deja cuentas pendientes. No se olvida de sus soldados heridos, no desecha a los fracasados, ni renuncia a socorrer a sus escogidos. Él es el Dios que regresa por nosotros cuando todos se van. Él es el restaurador que a corazón abierto aplica su bálsamo milagroso y sanador. Jesús es así de asombroso, apuesta por los Don Nadie. Llama a su reino a personas llenas de imperfecciones y permanece fiel a ellos aun cuando les falta el coraje de ser leales.

Durante todos estos años en el evangelio me he dado cuenta que Jesús no enciende hogueras para castigar a los que erraron. Que no tensa un látigo ante el que tropieza. No frunce el ceño a los que fracasan. Jesús hace lo mismo que antaño, él encuentra un momento en el que poder hablar con ese que cayó. Lo sale a buscar, prepara todo para restaurarlo y lo reconduce otra vez al camino bueno. Me fascina esto de Jesús, me seduce su destreza para enamorarnos. Yo también he desayunado con Jesús, yo también he escuchado de sus labios esa sublime palabra de gracia: “Sígueme”.

 Osmany Cruz Ferrer

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