Ofrece tu cuerpo

Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. (Romanos 12:1)


Esto es lo que cantamos en ese gran himno: “La cruz excelsa al contemplar”. Termina diciendo: “Amor tan grande, sin igual, en cambio exige todo el ser”.

Esto es lo que Pablo nos está rogando que hagamos aquí. Dice que Dios está interesado en que traigas tu cuerpo y lo hagas disponible a Él. Cuando dice: “presentéis vuestros cuerpos”, utiliza lo que los griegos llaman un tiempo verbal aoristo. Eso significa que es algo que haces una vez y para siempre; no es algo que haces una y otra vez. Lo haces una vez, y entonces desarrollas el resto tu vida en base a eso. Así que llega un tiempo cuando Dios quiere que traigáis vuestros cuerpos a Él.

Me maravilla que Dios jamás quisiera nuestros cuerpos. ¿Por qué quiere mi cuerpo? ¡Apenas lo aguanto yo mismo, a veces! Pero Dios dice: “Trae tu cuerpo”. Quizás la cosa más asombrosa es que Pablo ha estado hablando sobre el cuerpo a través de toda esta sección de Romanos. Nos dice que el cuerpo es la sede de lo que llamamos “la carne”, esa naturaleza antagonista en nosotros a la que no le gusta lo que a Dios le gusta y no quiere lo que Dios quiere. Todos la tenemos, y de alguna forma está localizada o conectada con el cuerpo. Nuestro cuerpo es la fuente de la tentación. Es lo que se vuelve débil e inseguro. ¡Que Dios quisiera esto es asombroso! Y sin embargo, así es.

Algunos de nosotros, lo sé, nos sentimos como que queremos decir: “¡Señor, de seguro que no quieres este cuerpo! Apesta y ronca. Tiene un corazón defectivo, Señor. Tiene una mente sucia. No quieres este cuerpo. Tengo problemas con este cuerpo. Siempre me está metiendo en problemas. ¡Mi espíritu es fabuloso, y te alabo con el alma; pero el cuerpo, Señor, eso es lo que me deprime!”. Pero el Señor dice: “Trae tu cuerpo. Sé todo lo que he de saber sobre él. Lo conozco mejor que tú. Sé todas las cosas que me dices sobre él, aparte de algunas cosas que todavía no sabes. Déjame que te diga algo. Por medio de la sangre de Jesús, y por la obra del Espíritu Santo, lo he hecho santo y agradable a Dios”.

Esta es la bella atracción de este versículo. No nos está diciendo que tenemos que purificarlo y enderezar nuestras vidas en todas las áreas y volvernos perfectos antes de poder ofrecernos a Dios. La palabra de Pablo es: “Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos (eso es lo que dice en la palabra griega: vuestros cuerpos, no vosotros mismos) como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”. ¡Tráelo, con todos sus problemas, con todas las dificultades que tienes con él, con todas las tentaciones y todo; tráelo tal y como es! No sé cómo te afecta esto, pero a mí me ánima grandemente. Todas las demás religiones que conozco en el mundo nos dicen que de alguna forma hemos de enderezar nuestras vidas primero, y entonces ofrecérselas a Dios. Dios nunca habla de esa forma. Dice: “Venid a mí tal y como sois. Yo soy la respuesta a vuestros problemas; por lo tanto, debéis de comenzar conmigo. No podéis manejar esos problemas vosotros mismos. No empecéis a pensar que debéis de enderezarlos. Venid a mí, porque yo tengo las respuestas a vuestros problemas”.

Gracias, Padre, que me invitas a venir a Ti tal y como soy, con todo mi ser, incluso mi cuerpo.

Aplicación a la vida

¿Cómo de esencial es la entrega de nuestros cuerpos a la persona completa e integrada? ¿Cómo afecta el sacrificio de nuestros cuerpos a nuestra alabanza espiritual? ¿Cómo cumple la voluntad buena, aceptable y perfecta de Dios?

Ray Stedman

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