¡Quiero que cambies mi situación pero tu quieres cambiarme a mí!

Los últimos cinco años han sido tiempos nada fáciles para quien esto escribe. Un clamor intenso cada día, a raíz de situaciones de abierto, franco y descarado maltrato, rechazo, discriminación, aparteid. Podría haber salido adelante en otros desafíos que se presentaban, pero la pesada carga de tener que lidiar cada día con esto en soledad, restaba fuerzas y energía.

Ya no sabía cómo, ni qué, ni de qué manera pedirle a Dios que hiciera algo con esas situaciones que agregaban su cuota de infelicidad y más y más dolor. Y Dios no hizo absolutamente nada, mientras un torbellino de bronca, resentimiento, culpa, temor, fracaso, incertidumbre, esa sensación vívida de orfandad de parte de un Dios que había dado vuelta completamente su rostro de mí, no hacía más que carcomer las raíces de la fe y minar la confianza.

¿Te has sentido así alguna vez? ¿Has pasado por situaciones a todas luces injustas y no poder defenderte? ¿Que cuando ya no te queda más nada y esperas que Dios tome el control de la situación y te haga salir victorioso, las cosas no hacen otra cosa que precipitarse y ves todos y cada uno de tus sueños derrumbarse delante de ti?

En aquél momento, y por cierto, ello lejos de aportar alguna cuota de aliento y confianza, comprendí que como en los días de Jesús ante Pilatos, Dios es quien había dado autoridad a esas personas para tratarme así y enmudeció mi corazón para permitirlo (Juan 19:11).

Hubo de mi parte más de un conato de rebeldía, durante ese largo proceso que aún no termina. Más de un “berrinche” espiritual, como niñito malcriado delante del padre, por cierto.

Cuando entregué mi derrota en las dulces manos del Salvador, comprendí que Dios estaba en control absoluto de todo y el maltrato se terminó. No de la manera en que lo hubiera querido, por lo que hoy me toca enfrentar otras situaciones y desafíos más complejos aún.

Pero un cambio de vida -no deseado de mi parte, por cierto- está por delante, hoy abrigo la esperanza de que lo mejor aún está por venir. Y esta vez los problemas no obran en reversa, sino en sentido positivo, con miras a un futuro mejor.

Es que muchas veces, en nuestra miope y precaria visión, sumidos en nuestro racional empecinamiento, clamamos con vehemencia a Dios que obre el milagro de cambiar determinadas situaciones en nuestras vidas. Pero nos cuesta tanto entender que el milagro está ahí produciéndose delante de nuestras propias narices… y es que Dios mismo es quien nos ha puesto en esas situaciones para cambiarnos a nosotros.

Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.

Lamentaciones 3:22 y 23 (RVR1960)

Luis Caccia Guerra

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