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20 septiembre 2017

Todo depende de mi

Dijo Sarai a Abram: ―Ya ves que Jehová me ha hecho estéril; te ruego, pues, que te llegues a mi sierva, y quizás tendré hijos de ella. (Génesis 16:2a)


La dificultad de Sarai consistía sencillamente en que todas sus acciones tenían su origen en una filosofía básica que dice sencillamente: “Dios me ha dicho lo que quiere y ahora el resto depende de mí”. Esta es la filosofía que produjo todo la aflicción y el sufrimiento que pasaron Abram y Sarai.

Reconocerá usted que esta es una filosofía muy corriente y extendida. Nosotros continuamente pensamos y actuamos de esta manera en la iglesia en la actualidad. Decimos que la obra de Dios no está avanzando como debiera y es debido a que nosotros no nos esforzamos lo suficiente. La esterilidad en nuestra experiencia es debida al hecho de que no nos hemos realmente dedicado de lleno en este aspecto. Participemos en más reuniones del comité y sigamos adelante porque todo depende de nosotros.

En nuestras Biblias encontramos lo que llamamos la Gran Comisión: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15b). “Esta es la meta que Dios quiere que alcancemos”, nos decimos, “y ahora el resto depende de nosotros”. Debemos de planear toda la estrategia, conseguir el dinero y determinar cómo lo gastaremos y convencer a los candidatos que deben de ir.

Oímos a nuestro Señor decir en el primer capítulo de los Hechos: “Me seréis testigos” (1:8b), y todo corazón cristiano sincero responde: “Está bien, Señor, esto es lo que quieres que yo haga. Yo lo haré”. Pero nunca nos molestamos en averiguar cómo desea que lo hagamos o si Él tiene un programa para realizarlo. Comenzamos con un celo carnal y distribuimos folletos a todas las personas con las que nos encontramos o que acorralamos en las reuniones. Cuando todo fracasa, reconocemos que algo está mal y nos retorcemos las manos y desistimos.

Tal vez lo peor de todo, y sin duda el tema que tenemos ante nosotros en la historia de Abram y Sarai, es que al leer las Escrituras nos enteramos de que se supone que debemos de conformarnos a la imagen de Cristo, así que nos disponemos a ser como Jesús. Hacemos una lista de normas rígidas para el comportamiento aceptable. Nos esforzamos hasta el agotamiento, pasando horas y horas en la iglesia descuidando a nuestra familia, nuestra propia vida y todo lo demás a fin de dedicarnos a las cosas del Señor. Nos fijamos en cómo la comunidad a nuestro alrededor aprueba nuestros enérgicos esfuerzos y nos dan una palmadita en la espalda por nuestro fiel espíritu. Pero, a pesar de todos los esfuerzos y la sinceridad, en lo profundo de nuestros corazones no hay nada que no sea esterilidad; o, si hay fruto, no es la clase de fruto que hubiésemos deseado. Es un fruto forzado y antinatural, que se sostiene tan solo por nuestro esfuerzo continuo.

Esto fue lo que le sucedió a Sarai. Fíjese usted en el sacrificio, el decoro y la apariencia de generosidad. El resultado es que se ha producido un fruto, pero es en Ismael, no en Isaac, el fruto de la carne en lugar de ser el fruto del Espíritu. En algún momento de iluminación preguntamos: “¿Por qué somos tan estériles? ¿Dónde está el impacto, el poder? ¿Qué ha sido de esa vitalidad activa que vemos en los cristianos primitivos?”. Todo ello es el resultado de no haber aprendido la manera de hacer Dios las cosas, así como Su voluntad.

Padre, cuántos errores he cometido por hacer esta misma cosa que he visto hacer a Sarai. Guíame al lugar donde yo pueda reconocer la insensatez de la carne y la imposibilidad de complacerte a Ti basándome en esa fuerza.

¿Vivimos y trabajamos confiando tranquilamente en el Dios que es totalmente adecuado? ¿Estamos nosotros en lugar de hacer eso realizando toda clase de esfuerzos por ayudarle a Él a hacer lo que solo Él puede hacer?

Ray Stedman
www.raystedman.org