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25 noviembre 2017

La vida que me diste

Muchas veces he escuchado cosas como: “Conocer a Jesús me dio una razón de vivir” y cosas por el estilo. Y sí. Es así.

Pero hoy descubro que conocer a Jesús, en verdad, a mí no me dio una razón de vivir. No la necesito. Es que, Señor, la vida que me diste ya no necesita una razón de vivir. Tu presencia es suficiente!

En unos pocos días más, se van a cumplir 37 años desde que comencé a tener una relación personal con Jesús. Desde entonces y hasta hoy, esa relación ha tenido acercamientos y alejamientos; días brillantes y días oscuros; alegrías y tristezas; dudas y seguridades; amarguras y dulzuras. Una relación que a veces fue plena de comunión y gozo, y otras veces, ríspida y tirante.

Jesús amado; me emociona, me conmueve, me maravilla, que a pesar de mí, siempre estuviste allí, a mi lado, cuidándome, sosteniéndome. Con tu mano atenta a mis tropiezos y caídas para sostenerme, para que no me vaya por el abismo. Es que, amado Jesús, en la herida de tus manos encontré la vida. Hoy mi alma prorrumpe en alabanzas a tu dulce nombre.

Es más; en mis caídas más estrepitosas, en mis valles de sombras más profundos y oscuros, en mis más penosos fracasos, tu gracia tuvo a bien transportarme a los lugares altos. Nada merecí, nada hice para ganarme tu favor, sin embargo, en las más oscuras noches de mi triste vida; en medio de mi soledad, no hallé lugar más alto que abrazado a tus pies, amado Jesús.

Después de todo eso… ¿Qué duda me puede caber? Conocerte no me dio una razón de vivir. La vida que me diste ya no necesita una.

Amado, amada; no importa quién seas, qué hayas hecho, en qué te has convertido. Sólo déjate caer ante su presencia, ríndete ante su presencia. No lo puedes ver, pero ahí está. Descubrirás que abrazado a sus pies es el lugar más alto donde puedes estar.

Hoy, ahí y ahora, en una sencilla oración personal ahí donde te encuentras, dile: “Jesús, hoy me rindo delante de tu presencia. He hecho cosas terribles y me pesan. Me arrepiento y ruego tu perdón. Hoy acepto tu regalo de perdón y Vida Eterna, hoy entiendo que tú pagaste en mi lugar, en la cruz, el precio que debía pagar yo. Hoy te entrego mi vida inservible y rota y yo quiero esa vida nueva que sólo tú me puedes dar. En tu nombre, lo ruego, amado Señor. Amén.”

Jesús amado: conocerte no me dio una razón de vivir. La vida que me diste ya no la necesita.

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

(Romanos 8:1 RV60)

Luis Caccia Guerra