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27 noviembre 2017

Una potente predicación fluye de buenas preguntas

El presente estudio es una parte importante de la homilética.

A menudo los pasajes realmente difíciles son los que generan los sermones más interesantes.

Tiendo a pensar que nuestros mejores sermones surgen de nuestras preguntas. ¿Saben lo que eso significa? A menudo los pasajes realmente difíciles, esos que te hacen rascarte la cabeza preguntándote que es lo realmente significa; son los que nos llevan a los más interesantes sermones. Esta es la razón por lo que a menudo empiezo la preparación de mi sermón, tratando de escuchar con atención el pasaje y anotar todas las preguntas que me vienen a la mente. Y luego voy a hacerlo de nuevo y trataré de imaginar y anticipar algunas de las preguntas que pueden lanzarme mis oyentes. (Por supuesto, no necesitamos sólo anticipar esas preguntas, en realidad podemos pedírselo a nuestros amigos en un correo electrónico antes de tiempo o durante el servicio).

Una cosa que es interesante de este enfoque es observar cómo algunas de nuestras preguntas cambian con los años, sobre todo con un pasaje como los hoy leemos y predicamos cada año. Hace muchos años, por ejemplo, me preguntaba por qué parecía tan difícil para Tomas que creyera. Él tenía el testimonio de los demás discípulos, ¿no era eso lo suficientemente bueno para él? Con el tiempo, sin embargo, la duda y la incredulidad tuvieron más y más sentido para mí. Después de todo, al oponerse a simplemente creer el testimonio de sus amigos, que habían realmente visto – de primera mano – a su señor crucificado. A la vista de esa cruda realidad, puedo entender más fácilmente que Tomás tenía una gran dificultad para creer noticias que eran, literalmente, muy buenas para ser verdad.

Algún tiempo después, mi pregunta cambió. En lugar de preguntarme por qué Tomás luchaba por creer, me preguntaba por qué Jesús parecía responderle con tanta dureza. Después de todo, Tomás sólo pide lo que los otros discípulos ya habían recibido. ¿Alguna vez has notado eso? Después de que Jesús los saluda, les muestra su mano y su costado. ¿Por qué? Para demostrarles que no era un fantasma o aparición o alguien que simplemente se parecía a Jesús, sino que el que había clavado en la cruz y traspasado en el costado, era el mismo que ahora estaba frente a ellos, resucitado de entre los muertos. Y así, Tomás pide la misma cosa. ¿Entonces por qué el reproche de Jesús?

Con el tiempo, llegué a creer que las palabras de Jesús no son en realidad una reprimenda. De hecho, llegué a sospechar que Jesús no le está hablando a Tomás solamente tanto como Jesús nos está hablando a nosotros ahora.

He aquí por qué. El cuarto evangelista – al que llamamos Juan, pero que realmente no se menciona su nombre en el Evangelio mismo (excepto tal vez como “aquel al que Jesús amaba”) – está escribiendo para una comunidad de fe que, como Tomás, nunca habían visto al Cristo resucitado. Claro, que ellos tenían el testimonio de los demás, pero ellos no lo habían visto por sí mismos. Y por lo tanto, quizás aquí, justo cerca del clímax y cierre del evangelio, Jesús no hace tanto reproche a Tomás, como cuando él bendice a todos los que lean esta historia y lleguen a la fe a través de ello. Juan dice tanto lo que siente como la conclusión formal de su evangelio: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos,  las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo,  el hijo de Dios,  y para que creyendo,  tengáis vida en su nombre”. (Juan 20:30-31). Y por eso creo que Jesús está prometiendo a todos los futuros creyentes – en la comunidad de Juan del siglo primero y a nosotros en el siglo XXI – aquellos que cuando escuchamos la historia del amor de Dios, venimos a la fe y somos bendecidos. La fe, después de todo, es duro  creer en algo que no has visto de primera mano.

Y así Juan escribe una historia que retrata un número de diferentes encuentros con diferentes personajes, y responde a ellos Jesús a través de las páginas de su evangelio. Desde el maestro de Israel, que viene a Jesús de noche y se va algo confundido (Juan 3 ) como la mujer samaritana que encuentra a Jesús al mediodía y se va como uno de los primeros evangelistas (Juan 4) , y del hombre que es  sanado de la ceguera y que desafía a las autoridades (Juan 9) a las hermanas de un hombre muerto que confiesan la fe en Jesús (Juan 10), Juan ofrece una serie de diferentes opciones de cómo responder a la buena noticia de que Dios ama a todo el mundo . El evangelio completo de Juan, es entonces, una  larga narrativa que intenta convencernos de que Jesús es el Cristo por medio de quien encontramos, no sólo la vida, sino la vida en abundancia.

Desde esta perspectiva, lejos de retratar a Tomás en una luz negativa, creo que Juan lo sostiene a él como mal ejemplo por excelencia de cómo incluso, el más escéptico y endurecido puede venir a la fe. Para después de escuchar la invitación de Jesús a la fe, Tomás hace la gran confesión del evangelio de Juan, llamándole no sólo “mi señor “, sino también “mi Dios”, haciéndose eco a la confesión  articulada en los primeros versículos de (Juan 1:1, 14). Y por si fuera poco, Jesús añade su propia invitación y bendición para todos los que escuchan esta historia y creen a pesar de que no han visto en la misma forma en que lo hicieron sus discípulos.

Todo esto me lleva a mi última pregunta: ¿Qué es lo que podría provocar una confesión de fe similar en nosotros hoy en día? ¿Anhelamos ver a Jesús como Tomás? ¿Buscamos por una amorosa y aceptable comunidad de creyentes? ¿Deseamos ver la misericordia de Dios, promulgada en el servicio y el testimonio de nuestra congregación? ¿Buscamos a alguien que se aferre  a nosotros cuando luchamos en la fe o la vida? ¿O sólo necesitamos escuchar el reconocimiento de Juan de que la fe es dura y recibir la invitación de Jesús a la fe y la promesa de bendición?

La respuesta a esta pregunta puede variar, por supuesto, de creyente a creyente y se forma así por nuestras diversas circunstancias y luchas. Pero aquí está la cosa: ¡nuestro deseo será ayudar a responder a esa pregunta de este domingo a través de nuestra proclamación del evangelio! De hecho, al igual que la mujer samaritana, el ciego y Marta; de usted, de su testimonio, de su encuentro con Cristo, y ese testimonio tendrá el poder de estimular y animar a otros. No sólo eso, sino que usted debe de pararse con Mateo, Marcos, Lucas y Juan como un evangelista de hoy en día, declarando las promesas de Jesús y pronunciando la bendición, cuando ellas se enraízan en nuestros corazones. Y por eso, querido trabajador en la predicación, estoy muy agradecido, ya que a través de las preguntas que usted hace y de las respuestas de la fe que usted ofrece, usted está dando testimonio de que Jesús es el mesías, el hijo de Dios, para que podamos tener vida en su nombre.

Por: David Lose
Traducido por: José Alberto Vega
WorkingPreacher.org

David J. Lose sostiene The Marbury E. Anderson Chair in Biblical Preaching at Luther Seminary, donde también se desempeña como Director del Centro para Biblical Preaching. (Centro para la predicación bíblica).