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16 diciembre 2017

Bien vestidos y no a medias (parte 4)

Efesios 6:14 Nueva Traducción Viviente (NTV) Defiendan su posición, poniéndose el cinturón de la verdad y la coraza de la justicia de Dios.

La Biblia nos revela en la carta del apóstol Santiago que la oración del justo puede mucho, es decir que tiene un poder especial, pero la pregunta siempre queda es “¿qué es la justicia?” o “¿cómo es que puedo ser justo?” y aunque pareciera complejo no lo es, pues la misma biblia nos habla acerca de la justicia, su manera de aplicarse y de cómo llevarla a cabo día a día.

La justicia no es otra cosa que el cumplimiento de la ley y para cumplirla, hay que conocerla, de lo contrario no tiene sentido el siquiera esforzarnos por hacerlo, ahora bien, la ley de Dios es una ley no difícil ni compleja sino completamente imposible de cumplir, y esto tiene un sentido especial, pues primero debemos de conocerla a fin de reconocer que somos incapaces y es en ese punto donde acudimos en busca de ayuda de Dios que es precisamente ahí donde la mejor combinación del mundo entra en acción.

Esa combinación consiste en la sangre de Jesús que lava nuestros pecados, paga por nuestras deudas y enfermedades y el poder y la revelación del espíritu santo que nos llenan del poder sobrenatural de Dios para hacer cosas no buenas sino increíbles como caminar más allá de la ley de Dios y su cumplimiento.

Ahora bien, si leemos la cita de hoy nos dice que debemos de vestir una coraza de justicia, eso se traduce en algo sumamente simple pero de gran trascendencia, pues nos lleva a entender que el conocer y cumplir la ley de Dios por medio de su Espíritu nos protege de lo que es exterior a nosotros, pero sobre todo protege a nuestro corazón, hace que la verdad de Dios se instale en nosotros de manera que es imposible que cualquier realidad llegue a nosotros y nos pueda afectar, en otras palabras nos hace inofensibles, nos blinda contra cualquier ofensa, engaño, decepción ó qué sé yo, genial, ¿no se le hace?

La justicia es una prenda poderosa al vestir y no tiene que ver con el hecho de que la gente que sufra sea vengada o que alguien merezca algo a cambio de haber pedido algo ó haya sufrido por algún factor externo, sino que tiene que ver con el hecho de que tenemos la consciencia de cual es nuestro papel en esta tierra y muy claro qué es lo que Dios espera de nosotros.

Es justo ahí donde se rompe ese lazo de empatía entre quienes dicen amar a Dios pero no conocen su propósito específico o quienes creen que Dios está ahí para bendecirlos, es decir quienes se engañan a sí mismos pensando que tienen una relación con Dios pero creen que pueden tener esa relación a su propio modo y no toman en cuenta a Dios en ella, espero no sonar muy rudo (sé que si sueno así), pero afortunadamente Dios si tiene un plan específico para cada uno de nosotros y lo más natural para cualquiera que diga que ama a Dios y se haga llamar su hijo, es escuchar su voz, la cual tiene total concordancia con al biblia, pues ¿qué sentido haría que nos hablara de otra cosa que no fuera aquello que dejó por escrito?

Sé que habrá muchos detractores de esta verdad, pero no lo podrán constatar sino hasta que se atrevan a conocer la palabra de Dios y a buscarle para que les hable, cuando sea así no les quedará hacer aquello que la misma palabra dice acerca de sí misma, que llegará el día que toda rodilla se doble y que cada boca confiese que Jesús es el Señor o bien el verdadero hijo de Dios quien vino a decir que la única manera de demostrar nuestro amor a Dios es por medio de la obediencia la cual se traduce en justicia.

Pero bueno, no me quiero desviar demasiado del tema, la justicia, es decir el conocimiento y el cumplimiento de la palabra tiene como efecto directo el hecho de que tendremos una consciencia de quienes somos, y a donde vamos de manera que será prácticamente imposible que alguien nos engañe, nos ofenda o nos distraiga del papel que Dios nos envió a cumplir, entre ellos el vivir en abundancia y con abundancia, que pareciera ser el objetivo de todos y que pocos han sabido alcanzar.

Rene Giesemann