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30 diciembre 2017

De las tinieblas a la luz

Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. (2 Corintios 4:6)

Vino a verme un hombre preocupado por un contacto que había tenido con un brillante ingeniero que poseía una mente impresionante, pero que era un agnóstico declarado. El ingeniero no mostró estar ni mucho menos abierto al evangelio. Después de un tiempo este ingeniero se sumió en una profunda depresión, que fue tan intensa y prolongada que acabó por ser despedido de su trabajo. Este amigo suyo, que era cristiano, le preguntó si al menos estaría dispuesto a dar su consentimiento para venir a hablar conmigo.

Así que me contó su historia. Estaba tan deprimido que le costaba trabajo hablar. Le hice las preguntas habituales acerca de lo que creía, pero no creía en nada. Después de intentar ayudarle durante una o dos horas enteras, le dije: “Lo siento, no hay nada que yo pueda hacer para ayudarle, pero no quiero abandonarle a usted. Si quiere usted venir aquí cada semana, me reuniré con usted y haré dos cosas por usted. Primero, le leeré a usted la Biblia y, en segundo lugar, oraré por usted. No sé lo que sucederá, y eso es todo lo que puedo hacer”. Ante mi asombro, dio su consentimiento. Continuó viniendo semana tras semana. Yo le leía una porción de las Escrituras y le decía: “¿Significa esto algo para usted?”. A lo que él contestaba que no, y entonces yo oraba con él.

Pasaron por lo menos ocho meses, durante los cuales hicimos esto cada semana sin fallar. Un día le dije: “¿No hay nada que yo le haya leído a usted que signifique algo para usted?”.

Me contestó: “Bueno, esta mañana estaba pensando acerca de ello. Usted me leyó las palabras de Jesús en el huerto de Getsemaní: ‘No sea hecha mi voluntad, sino la tuya’. De repente eso significó algo para mí”. Pero yo le dije: “Si eso ha significado algo para usted, permítame pedirle que haga lo siguiente: haga usted esa oración repetidamente. Siempre que sienta que necesita un poco de ayuda, cuando se sienta usted desesperado o piense en ello, haga usted esta oración”.

Así que pasaron varias semanas más, y un día leí algo, y él me dijo: “Oh, sí. Eso está bien, ¿verdad?”. Le pedí que lo memorizara y que lo repitiese. Un par de semanas después, encontró algo más, y gradualmente fue apareciendo una nueva luz en su corazón. Oramos cada semana, y al comenzar esta luz a aparecer en su vida, se volvió más fuerte, y más de las Escrituras comenzaron a impresionarle, hasta que reconoció abiertamente que Jesús era el Señor de su vida y se entregó a Su voluntad. Entonces comenzó a desarrollarse y a crecer. Empezó a devorar la Palabra de Dios, leyéndola de manera interminable. De esto hace años, y este hombre no tiene otra cosa más que alabanzas y acciones de gracias hacia el Dios viviente, que eliminó las tinieblas por medio de una palabra creadora: “Hágase la luz”.

Eso es lo que nos está diciendo Dios a nosotros por medio de estas palabras. ¿Dónde encuentra usted la luz de la gloria de Dios? En el rostro de Jesucristo. ¿Y dónde encuentra usted el rostro de Jesús? En las Escrituras. Al leerlas y permitir que el Espíritu de Dios las interprete, el “rostro de Cristo” se vuelve más claro. Así es como la luz entra en un corazón oscurecido.

Señor, te doy gracias por la luz que ha entrado en mis tinieblas por medio de Tu Palabra.

Cuando leemos la Palabra de Dios escrita, ¿esperamos ver a la Persona que es la Palabra Viva? ¿Dónde encontramos la luz de la gloria de Dios?

Ray Stedman