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05 diciembre 2017

En la cuerda floja

Era el 18 de julio de 1970. Carlos Wallenda, osado equilibrista, comenzó a cruzar el precipicio rocoso de Tallulah, Georgia, en los Estados Unidos de América, caminando por un cable de trescientos metros de largo. El cable estaba suspendido sobre un abismo que tenía doscientos treinta metros de profundidad.

El intrépido artista circense, jefe de la renombrada familia de acróbatas Wallenda, caminó por el cable mientras masticaba una barra de caramelo. Por si eso fuera poco, se detuvo dos veces en las que se paró de cabeza sobre el cable y agitó los pies, saludando así a los treinta mil espectadores.

Cuando le faltaban aún ochenta metros para llegar, los electrizó a todos, ya que pareció haber perdido el equilibrio. Pero se repuso, siguió su increíble recorrido sobre el abismo, y llegó sano y salvo al otro lado... ¡a pesar de tener sesenta y cinco años de edad!

Una de las hazañas más impresionantes del mundo es la que realizan, como si fuera relativamente fácil, los acróbatas y equilibristas del circo. Casi ninguno de nosotros se atrevería jamás a hacer tal cosa, ni aunque nos ofrecieran una fabulosa suma de dinero. Y no obstante todos caminamos a diario, sin saberlo, por una cuerda floja, sobre el insondable abismo de la perdición eterna.

La tensión del cable suspendido sobre ese abismo moral y espiritual es tal que llega a ser una cuerda floja en la que se balancean el acierto y el desliz, la cordura y la caída, el bien y el mal, la virtud y el pecado. Y el riesgo que corremos cada día, caminando sobre ese abismo de la perdición, es mil veces peor que el que corren quienes cruzan los abismos y las cataratas más impresionantes del mundo.

Por lo tanto, más vale que no tomemos a la ligera ni arriesguemos innecesariamente el éxito de nuestra travesía por la cuerda floja que es la vida. Es una sola vida la que Dios nos ha dado, y no hay por qué correr el riesgo de echarla a perder eternamente. A eso se refería San Pablo en la primera carta que les escribió a los discípulos de Cristo en la ciudad de Corinto. «No quiero que desconozcan, hermanos —les advirtió— que [todos] nuestros antepasados... atravesaron el mar... [y] sin embargo, la mayoría de ellos no agradaron a Dios, y sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

»Todo eso sucedió para servirnos de ejemplo, a fin de que no nos apasionemos por lo malo, como lo hicieron ellos.... No cometamos inmoralidad sexual, como algunos lo hicieron....

»Todo eso... quedó escrito para advertencia nuestra, pues a nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos. Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer.»1

Acatemos esa advertencia del apóstol. Al fin y al cabo, somos nosotros quienes determinamos si hemos de llegar sanos y salvos, por la gracia y con la ayuda de Dios, al otro lado del abismo.

Carlos Rey

1 1Co 10:1,5,6,8,11,12