Menús de cabecera

14 diciembre 2017

O sancta simplicitas

“No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”

(Romanos 12:21)

En mayo de 2011 mi familia y yo salimos de Cuba para ser misioneros en España. Por causa de nuestra elección, el gobierno cubano nos quitó todas nuestras propiedades, nuestra casa y todo cuanto había dentro de ella, un precio muy pequeño en realidad por servir a Cristo. De la Isla nos traeríamos cosas mucho más relevantes que un título de propiedad en La Habana. Nos trajimos las enseñanzas de una iglesia vigorosa que nos formó en valores que encumbran la virtud cristiana, la vida en el Espíritu, el servicio abnegado y el amor a la sana doctrina. Teníamos la sensación que nos esperaban muchos crisoles aún, donde nuestra fe sería probada, y así ha sido, hasta hoy. No en vano dice la Escritura: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hechos 14:22b). No hay nada que lamentar, todo lo contrario, es un gozo ser tenidos por dignos de sufrir por Cristo.

Jesús enseñó que en el mundo tendríamos aflicción, no nos toma por sorpresa lo que pueda acaecer, lo que a veces nos asombra es la procedencia de la prueba. Esperamos a diario que los demonios lancen sus dardos contra nosotros, casi es un cumplido que lo hagan, nos sabemos útiles al Señor y a su grey, pues el mismo infierno se ha movilizado en nuestra contra. Pero cuando la tribulación procede de un consiervo, de un hermano al que amamos, o de un superior en el liderazgo, la prueba entonces tiene matices grisáceos más grotescos.

En mi andar peregrino durante los años de ministerio en Cuba, o aquí en España, he comprobado que las penurias más duras son las que son infligidas por aquellos que deben ser nuestros sanadores. He vivido en dos continentes muy diferentes, pero duele igual de fuerte cuando un hermano te ofende, te envidia, te calumnia, te malinterpreta, o sencillamente ni siquiera le importas. También en nuestros predios sacros construye su pequeña capilla el egoísmo, el deseo de grandeza, la vanidad, el amor al poder, la competitividad deshumanizada y la apatía. No es algo nuevo, ni es algo que dejará de existir, solo se debe aprender a lidiar con actitudes semejantes y evitar repetirlas.

Juan Hus, el teólogo y reformador checo fue condenado por el Concilio de Constanza a morir en la hoguera por aquella iglesia a la que pretendía ayudar a mejorar. Se dice que sus últimas palabras fueron para una anciana, que movida por su celo religioso trajo más leña para avivar el fuego que ya quemaba al predicador. Mientras la señora echaba la leña en la pira, Hus compasivo dijo: “O sancta simplicitas” (Oh santa simplicidad). Así reaccionó, con condescendencia, como su Maestro antaño ante el pueblo que le crucificaba.

No siempre reaccionamos ante el atizador de hogueras con semejante magnanimidad, hemos de confesar que con frecuencia devolvemos el golpe, reaccionamos con enojo ante el detractor y nos enfurecemos “santamente” contra quienes nos vejan y traicionan. Pero ¿debería ser así? Si aplicamos el ojo por ojo al pie de la letra, el mundo entero terminará ciego, Jesús nos mostró el camino del amor, un camino más excelente. No más fácil, pero sí más elevado y mejor.

A pesar del mensaje triunfalista de muchos predicadores, las tribulaciones continuarán, no importa en que lugar del mundo te encuentres, y, a pesar de los que pretenden presentar a la iglesia como techada de virtud, los hermanos carnales seguirán allí. Lo que corresponde hacer es vestirse del fruto del Espíritu, andar por fe, dispensar amabilidad, amor cristiano, y en suma, toda virtud que emane de Cristo. Sobre todo, cuidarnos mucho, no sea que, viendo agresores por todas partes, nosotros seamos uno de ellos sin quererlo. Revisemos nuestra andadura, para que nuestro paso no sea cojo, y nuestros pies no se salgan del camino. Ante la simplicidad de los que con celo religioso atizan hogueras para nosotros, respondamos con amor, compasión y misericordia.

No hay mejor camino que el que trazó Jesús con su ejemplo.

Osmany Cruz Ferrer