Menús de cabecera

  • |

21 enero 2018

Cómo jactarse

Si es necesario gloriarse, me gloriaré en lo que es de mi debilidad. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien es bendito por los siglos, sabe que no miento. En Damasco, el gobernador de la provincia del rey Aretas puso guardias en la ciudad de los damascenos para apresarme, y fui descolgado en un canasto desde una ventana del muro, y escapé de sus manos. (2 Corintios 11:30-33)

Pablo vuelve veinte años atrás en el pasado a este asombroso incidente, que sucedió poco después de su conversión, y dice: “Si tengo que jactarme, esta es la clase de cosa de la que me jactaré”. Él se jacta de las cosas que muestran su debilidad. De eso es de lo que deberíamos de jactarnos nosotros, de los tiempos cuando no causamos una buena impresión, los tiempos durante los cuales caímos sobre nuestros rostros y fracasamos. Pablo dice que eso es de lo que él se jacta. “Al pensar en mi vida pasada, me viene a la mente un incidente. Fue un tiempo durante el cual fui un fracaso absoluto en lo que estaba intentando hacer. De eso me jacto, porque fue entonces cuando comencé a aprender la lección más importante de mi vida”.

Después de su conversión se fue al desierto de Arabia durante un tiempo. Allí sin duda estudiaría las Escrituras para intentar comprender cómo no había sido capaz de darse cuenta de quién era Jesús. Pero al buscar, encontró a Cristo en cada página. Cuando hubo pasado por esta experiencia, hubo dos cosas de las que estuvo ardientemente convencido en su corazón. Primero, creía que el Antiguo Testamento demostraba que Jesús de Nazaret era el Mesías. La segunda cosa acerca de la que estaba convencido respecto a esta experiencia era que Dios le había escogido para ser el apóstol a Israel, y lo intentó. Hizo lo mejor que pudo con su brillante mente y con todas sus aptitudes hebreas.

Pero las cosas continuaban desmoronándose, hasta que las circunstancias llegaron a un estado tan terrible que una noche el gobernador intentó encontrarle, para que los guardas pudiesen prenderle y para que le matasen. Al enterarse de ello, sus amigos le sacaron y le llevaron a una de esas casas construidas sobre el muro de Damasco y, a través de una ventana, en la oscuridad de la noche, le hicieron descender dentro de una canasta. Pablo dice: “La noche en que fui descolgado en una canasta es la noche de la que me jacto”. Mirando atrás, dice: “Fue exactamente entonces. Al alejarme de la ciudad de Damasco, con todos mis planes y mis sueños de gloria para Cristo, estos se hundieron bajo mis pies, y esa fue la noche en la que empecé a aprender esta gran verdad: Mis dones naturales no son lo que me capacitan para ser un siervo de Cristo”. ¡Cómo me gustaría enseñar esto a todos los cristianos hoy! Estamos siendo bombardeados por la filosofía según la cual las habilidades naturales hacen que la persona pueda ser útil como cristiana, con una fuerte personalidad, una perspectiva comunicativa y optimista, con dones de liderazgo, con una mente y un cuerpo atractivos, con habilidades musicales, con habilidad para hablar; todas estas son cosas que Dios puede usar.

Pablo dice: “Esa es una manera ridícula de pensar. Yo tuve que aprender que estas ideas no ayudan, que el que Cristo obre en mí es la única cosa que Dios aprueba. Cualquier persona que sea cristiana tiene a Cristo obrando en él o en ella, y si aprende usted a depender de la obra de Jesús en usted, listo para realizar la obra por medio de usted al decidir hacer las cosas, Él realizará la obra juntamente con usted y hará que sus esfuerzos sean significantes y de valor, tanto a la vista de Dios como finalmente a la de las personas. Ese fue el gran secreto que aprendió Pablo.

Señor, enséñame a jactarme de las cosas que muestran mi debilidad.

Aplicación a la vida

¿Vemos nosotros el valor de nuestros fracasos como parte del curriculum de Dios para enseñarnos mediante la confianza humilde? ¿Confiamos nosotros en que Él puede redimir nuestros fracasos?

Ray Stedman