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09 enero 2018

Más allá del fin

Sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha por manos, eterna, en los cielos. (2 Corintios 5:1)

¡Qué palabras tan maravillosas! Es evidente que tenemos aquí una descripción del actual cuerpo de carne y hueso en el que vivimos a diferencia del mismo cuerpo resucitado y glorificado por la actividad del Espíritu de Dios. Cuando compara usted estas palabras con las que se encuentran en 1ª de Corintios 15, puede ver que Pablo está hablando aquí acerca del cuerpo resucitado, ese cuerpo que recibiremos, en el cual dice que la mortalidad será “absorbida” y convertida en inmortalidad. Usa la misma terminología aquí. Es el cuerpo, dice, en el cual entraremos “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos… seremos transformados”, y nos será dado este nuevo cuerpo (1 Corintios 15:52). Aquí está presentando un contraste de los dos. El cuerpo actual, nos dice, es como una tienda de campaña. Estamos viviendo una experiencia temporal, como lo hacen las personas cuando viven en una tienda de campaña.

A veces yo me siento incómodo en esta tienda de mi cuerpo terrenal. Yo estoy seguro de que a usted también le sucede. Una tienda de campaña no es satisfactoria. Las estacas comienzan a combarse; la tienda misma parece que se va a venir abajo; el frío penetra, y no es muy cómoda. Algunos de nosotros nos sentimos de esta manera al ir haciéndonos mayores, pero estamos esperando con anhelo el cuerpo de la resurrección, el edificio permanente, lo que tenía Dios en mente cuando nos creó al principio, la morada permanente diseñada por Dios sin ninguna ayuda humana, “una casa no hecha por manos”. Nada humano lo produce ni añade a ello; nada de lo que pueda hacer el empresario de las pompas fúnebres mientras nuestro cuerpo está siendo preparado para el sepulcro añade ni una sola cosa a lo que hará Dios, que producirá el cuerpo de gloria que hemos de tener. El punto que menciona Pablo es que ya es nuestro en la eternidad. “Tenemos”, dice. Fíjese usted que habla en presente y no dice: “tendremos”. “Tenemos... una casa no hecha por manos, eterna, en los cielos”; ya está allí, esperando a que nos vistamos de ella.

El apóstol dice que este nuevo cuerpo, el cuerpo resucitado, es una experiencia que no significa ser separados de nuestro cuerpo, sino tener algo adicional. Él cambia el modismo de la edificación del cuerpo y dice que es como si añadiésemos ropa, de manera que será más de lo que tenemos en este momento. Si siente usted que está vestido por estar en un cuerpo, entonces en ese otro cuerpo sentirá usted que está “más vestido todavía”. Nadie quiere andar flotando en una existencia sin cuerpo. Pablo dice que nuestra actual experiencia será esta: “Estaremos más vestidos a la hora de la muerte como creyentes. Tendremos un cuerpo nuevo. Ese es el peso de una gloria que resulta imposible describir y se producirá de manera instantánea, porque el que nos ha preparado para esto es Dios mismo”.

Te doy gracias, Señor, que cuando llegue el momento de la gloria para mi corazón asombrado, podré por fin verle a él, a quien he amado y servido.

¿Nos hemos olvidado nosotros de la expectativa y la esperanza del glorioso futuro para nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu?

Ray Stedman