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26 enero 2018

Una palabra de paz

Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros. Saludaos unos a otros con beso santo. (2 Corintios 13:11-12)


Es maravilloso que esta última palabra sea una palabra de paz. El apóstol ve más allá de la fragmentación en Corinto a la unidad básica de la iglesia. Dios creó esta unidad, que se encuentra presente a pesar de las disensiones, las peleas, los celos y la división que pueda haber en la asamblea. Los cristianos se pertenecen los unos a los otros. Son parte de la familia de Dios y deberían de actuar de esta manera, nos dice. Por encima de la rebelión él ve la gracia y el poder de Dios, que puede sanar estas desavenencias y restaurar a las personas, incluso hasta el punto en el que pueden darse un beso santo los unos a los otros. Ese era el saludo tradicional de aquellos días. (Eso es algo que hemos perdido hoy, aunque algunas culturas todavía conservan esta tradición que hoy hemos sustituido por un apretón de manos, pero a mí me alegra cuando veo a cristianos saludándoles los unos a los otros abrazándose. Los abrazos son algo mucho más cálido y una expresión más exacta del amor y la aceptación cristiana, el uno para con el otro.)

El apóstol está animándoles a estos cristianos a que hagan esto: “Cambiad vuestras costumbres. Si Jesucristo está en vosotros, podéis hacerlo”. Eso es lo que él piensa. No podéis continuar viviendo como el resto del mundo si Jesucristo vive en vosotros. Esta es la razón fundamental por la que debe de haber una diferencia en los cristianos.

Un día yo iba conduciendo por una autopista cuando un coche de repente me cortó el paso, haciendo que casi me saliese de la carretera, y a continuación hizo lo mismo con el coche que iba delante del mío. Me fijé en que llevaba una placa de matrícula que decía: “La diferencia en mí es Jesús”. Yo no me sentí demasiado impresionado, y el mundo tampoco lo está cuando nos mira a nosotros y se da cuenta de que nos comportamos exactamente de la misma manera que las demás personas. No debemos comportarnos de ese modo en nuestras vidas personales, porque Cristo está en nosotros. No debemos de comportarnos en nuestra vida corporativa de este modo, porque Cristo está entre nosotros. Debemos de ser amigables, cariñosos, abiertos y perdonadores, no condenando, no siendo estrechos de mente y amargados. Somos diferentes porque Cristo está entre nosotros.

Fíjese usted en cómo concluye el apóstol. ¡Qué precioso saludo es este! Es la evidencia más clara a la Trinidad que está en el Nuevo Testamento. Dice: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”. ¡Qué palabra de gracia de este gran apóstol al concluir esta epístola a la iglesia en Corinto! La historia no nos cuenta lo que sucedió en la iglesia allí, si pudo recuperarse y obedecer a esta palabra o no. Pero Pablo ha dejado con nosotros un tremendo testimonio en lo que se refiere a lo que constituye el cristianismo obrando en un mundo pagano. Nosotros hemos sido llamados hoy a vivir con las condiciones corintias. Espero y pido en oración que estas epístolas a la iglesia en Corinto signifiquen mucho para nosotros, que también nosotros obedezcamos a la palabra del apóstol y que reconozcamos que, cuando Jesucristo está entre nosotros, nosotros podemos ser esta misma clase de personas.

Señor, te doy gracias porque Tú estás conmigo. Tú me has enviado a este mundo. Mi oración es que yo pueda comportarme como una persona en la que mora Jesucristo.

Aplicación a la vida

Cuando nos enfrentamos con divisiones que producen estrés, peleas o celos en nuestra vida personal y corporativa, ¿cómo y por qué podemos continuar siendo amigables, cariñosos, abiertos y perdonadores?

Ray Stedman