Menús de cabecera

30 junio 2018

El día de la expiación

Cuando haya acabado de expiar el santuario, el Tabernáculo de reunión y el altar, hará traer el macho cabrío vivo. Pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados. Así los pondrá sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por medio de un hombre destinado para esto. Aquel macho cabrío llevará sobre sí todas sus iniquidades a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto. (Levítico 16:20-22)


Todas las iniquidades, todas las transgresiones, todos los pecados eran puestos sobre la cabeza de esta cabra. La cabra es la imagen de Jesús: Él es representado satisfaciendo el corazón de Dios por nosotros y proveendo una forma en la que Dios nos puede amar sin restricción alguna por Su justicia. La justicia de Dios ha sido satisfecha. Él es libre para perdonarnos en cualquier momento y de amarnos. Cristo también lleva todo el peso y toda la carga de nuestra culpabilidad, todo aquello que el demonio utiliza como terreno para basar sus acusaciones en contra de nosotros. Todo esto ha de mandarse a aquel quien lo mandó. Cuando nuestro Señor murió, fue al desierto de la muerte como esta cabra, y le devolvió al demonio todas las acusaciones que tiene en contra de cualquier creyente en cualquier momento.

Este pasaje nos enseña qué es lo que hemos de hacer con estas acusaciones. En Efesios 6:16, Pablo los llama “los dardos de fuego del maligno”, lo que son todas esas pequeñas sugestiones de que realmente no somos aceptados o amados por Dios. Nos dicen que Él todavía tiene reservas sobre nosotros y que todavía no somos capaces de venir a Su presencia abierta y audazmente. Todas estas son memorias obsesionantes de nuestra culpabilidad pasada, nuestros sentimientos de falta de mérito, nuestros pensamientos obscenos, y los relámpagos de memorias que se nos vienen a la mente. ¿Qué debemos hacer con ellas? Simplemente las ponemos en la cabeza de Jesús y decimos: “Señor, devuélveselas al demonio. No me pertenecen. Le pertenecen a él. De ahí han venido y ahí las voy a mandar”.

¿Quieres alabar a Dios? Bueno, entonces ¿cómo lo haces? Simplemente creyendo que te ha aceptado tal y como eres, y que ya se ha encargado de todo lo que está mal ―todo― y está ahora listo para utilizarte sin ninguna vacilación. Dile al Señor: “Heme aquí. Estoy contando con ello. Gracias. ¿Qué vas a hacer por medio de mí hoy? ¿Qué vas a hacer en este próximo momento en la relación en la que estoy entrando con esta persona? ¿Cómo te vas a encargar de ello?”. Y tu mente y corazón pueden estar en paz.

Padre, gracias por esta promesa, y por la belleza de esta ceremonia que en el Israel de antiguo sólo podía ocurrir una vez al año, pero para mí es en cualquier momento, diariamente, una y otra vez. Vengo audazmente a Tu presencia con júbilo, con un corazón que ha sido lavado de la conciencia malvada, y con alegría y acción de gracias, no sólo por mi propio mérito pero por el mérito de Otro. ¡Cómo doy gracias por eso y oro que esta sea mi experiencia, no sólo en este momento pero todos los días de mi vida!

Aplicación a la vida

¿Nos causa esta increíblemente formidable imagen de Jesús como el “chivo expiatorio”, llevando nuestro pecado y culpa, a alabarle con una gratitud sin fin? ¿Hemos ni siquiera comenzado a entender la magnitud de este regalo de pura gracia?

Ray Stedman