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03 julio 2018

Sacrificios sublimes

Era el año de 1555. La poderosa tribu michi, que se había establecido en tiempos muy remotos en un pintoresco valle de lo que ahora es el estado de Durango, tenía por jefe a un hombre valiente llamado Tohue. Éste dominaba desde su capital Michilia un vasto territorio que se extendía hasta las serranías del sur del Mezquital. Su pueblo guerrero disfrutaba de un período de paz y tranquilidad, cuando recibió noticias de unos hombres extraños que habían llegado por el sur y que a su paso lo destruían todo de manera sistemática.

Tan pronto supo que el ejército invasor se acercaba, Tohue reunió a los habitantes de la ciudad, los cuales determinaron enfrentar al enemigo y defender su territorio. Así que formaron un ejército bajo el mando de Tohue y se dispusieron a detener a las tropas españolas que tenían por capitán a Francisco de Ibarra.

No fue sino hasta el segundo día de la sangrienta confrontación que comenzaron a imponerse los agresores. Pero cuanto más acorralados se veían los michis, más se empeñaban en ofrecer resistencia, a pesar de que Ibarra quiso abortar la acción y tomar otro rumbo. Obligados, pues, a valerse de la superioridad de sus armas, los conquistadores dispersaron a los obstinados michis, quienes se replegaron hacia la cordillera. Allí desde las alturas les causaron considerables daños a los españoles con una lluvia de piedras y rocas que despeñaban. Y de nuevo obligaron a los invasores a seguir la lucha cuando éstos intentaron retirarse.

Ya para el tercer día los indómitos indoamericanos se vieron completamente cercados en la cima del cerro, en total desventaja y escasos de armas para defenderse. Desde aquellas alturas Tohue podía divisar la ciudad de Michilia e imaginarse sus hogares ocupados y destruidos por el enemigo. Así que resolvió ponerle punto final al conflicto: quebró sus armas, inutilizó su escudo, se despidió visualmente de la ciudad de sus antepasados y se lanzó al precipicio. Todos sus valientes guerreros, sin quedar uno solo, lo siguieron.

Desde un peñasco de la cumbre del cerro, Ibarra, rodeado de arcos, flechas, macanas y escudos despedazados, contempló en el fondo de aquel abismo los cuerpos fracturados de sus dignos enemigos, y exclamó conmovido: «¡Sacrificio sublime por la libertad!» Y aquella montaña pasó a la historia con el nombre de «Cerro del sacrificio».1

Este impresionante relato acerca de los michis trae a la memoria otro sacrificio sublime que ocurrió unos mil quinientos años antes. Se trata del sacrificio del Hijo de Dios, Jesucristo el Señor. Él se dejó crucificar en una cruz por los pecados de toda la humanidad, tanto los de aquellos michis como los nuestros en la actualidad. Murió en nuestro lugar porque determinó que ese sería el modo de salvarnos. Fue un «sacrificio sublime por la libertad», nuestra libertad, libertad de la condenación eterna. Aceptemos esa libertad que nos ofrece, y así no habrá sido en vano ese sacrificio sublime.2

1 Nélida Galván Macías, Leyendas mexicanas (México: Selector, 1996), pp. 117-21
2 Ro 3:21-26; 8:1-4; Ef 5:2; Heb 7:27; 9:26-28; 10:10-14; 1Jn 2:2; 4:10

Carlos Rey